(Por Gastón Pardo)

 
Recibido del autor, 31 de mayo.- La integridad territorial de México pende de un hilo. Que la revelación de la estructura de mando vulnera la seguridad nacional, como dice el periodista Raymundo Rivapalacio al comentar, con ardor patriótico, en un reportaje poco brillante, las funciones del Cisen.
Que es el instrumento de inteligencia a la vez interior y exterior del gobierno -que no del estado- mexicano, es algo que merece una evaluación especial en estos momentos en que el gobierno Peña Nieto tiene que medir el alcance de sus limitados recursos técnicos.
 
De cara a las mutaciones jurídico-políticas y económicas que saltan a la vista con las reformas que ha propuesto y está poniendo en vigor sin haber medido sus consecuencias.
Hace varios meses mereció también comentarios un articulo difundido por el investigador Sergio Aguayo, del Colegio de México, que termina con la frase “es de inteligentes apoyarse en la inteligencia”.
Sin duda la discusión discreta desatada en fecha reciente sobre el tema de la restauración indispensable de los órganos sensibles del estado mexicano, a diferencia de lo ocurrido en el lamentable periodo gubernamental del PAN (2000-2012), en adelante se apoyen en la inteligencia.
Esta expectativa abre una etapa de reconsideraciones y autocríticas de las que no podemos apartarnos porque en nuestra modesta opinión las rectificaciones oportunas son una aportación indispensable para afianzar el papel que ha de desempeñar el Cisen, bajo la dirección de las personas a quienes el nuevo gobierno federal ha confiado el mando.
Al parecer, al emplear la fórmula elegante de la seguridad nacional, que hace llenar el corazón de satisfacción logomáquica a Raymundo Rivapalacio, y así lo revela en un viejo artículo suyo que fue difundido por muchas personas han comenzado a ocuparse del tema de la inteligencia. Y deben seguirse ocupando.
En el desempeño gubernamental del área de estudios estratégicos para la defensa, los lugares comunes empleados y repetidos hasta el cansancio tienden a alejarnos del tema crucial, que radica en los riesgos a que estamos sujetos por la apetencia que revelan los dispositivos geopolíticos y geoestratégicos.
Sobre las áreas donde se concentran nuestros recursos y las zonas circunvecinas, como la totalidad del estado de Veracruz, parte importante de la franja de hidrocarburos como el shale gas, que sale del estado de Nuevo León y llega a Chiapas.
El territorio chiapaneco está señalado por el destino en tres escenarios incandescentes y cruciales: el istmo de Tehuantepec, los pozos petroleros maduros y las migraciones, con sus correspondientes complejidades circulares cada uno de ellos.
El control soberano sobre esta complejidad requiere de un hombre fuerte y de carácter que se decida a meter en cintura a los causantes del desorden. Además habrá de enfrentarse a los efectos de sacudimientos meteorológicos de pronóstico reservado.
Al lado de esos escenarios, la criminalización vaticinada por el Instituto de criminología de la Universidad de París como creciente e imparable de aquí al año 2016, se coloca en la dirección del sistema financiero cuya descapitalización no puede ser corregida más que de una sola manera: manteniendo los flujos del lavado de dinero ilegal.
El HSBC nació para el lavado de dinero procedente de la China derrotada de la segunda mitad del siglo XIX por la legalización de los opiáceos elaborados por los británicos en la India, y mantendrá su actividad bancaria en el ejercicio del narcolavado sin solución de continuidad.
Y no perdamos de vista que la contaminación criminal del ámbito financiero conduce de manera inevitable a la criminalización de la economía.
¿Es en ese entorno de criminalización la seguridad nacional el recurso supremo de la defensa ante situaciones de riesgo aún incomprensibles o más o menos incomprensibles para la mayor parte de nuestra clase política, y en todo momento incomprensible para los equipos que antes de hoy han controlado la inteligencia estatal?
¿Estamos ante la posibilidad de romper una tradición paralizante y colocarnos en defensa de la soberanía nacional hoy tan limitada? Nos parece que aún no ha llegado el momento, como lo deja permear de manera implícita Sergio Aguayo en un artículo suyo titulado La inteligencia.
Que expresa los enlaces en marcha en los círculos internos, encaminados a mejorar esos servicios, que, según nosotros, no tiene al alcance de la mano más que las vías no recomendables consistentes de la defensa de la “seguridad nacional”.
La incomprensión de la inteligencia obedece a que el propio término de seguridad nacional, en cuya defensa salen los teóricos prominentes a la palestra, es de cuño anglosajón y contiene en sí mismo abrumadores ingredientes geopolíticos y geoestratégicos pero para actuar sobre nuestra realidad estatal.
La adopción por nuestra jerga administrativa de esa fórmula coloca a nuestra estado nacional no de cara a entidades internacionales, entre ellas a otros estados, cuyos circuitos deben ser en todo momento objeto de análisis.
El uso de la noción de seguridad nacional nos encadena y lo que es peor, nos subordina a intereses externos sin previo aviso, sin siquiera haber recibido del exterior una invitación a ceder soberanía. La entrega de lo que se vaya a pedir ya está previamente concedida. Y ya nada queda por hacer.
¿Por qué nos atrevemos a deducir del uso de una simple fórmula unas consecuencias tan graves? Pues por la sencilla razón de que la seguridad nacional tal como es concebida por los países anglosajones contiene ingredientes geopolíticos inevitables.
La seguridad nacional es, en suma, una parte de un programa geoestratégico destinado a someter la voluntad de los estados y de los hombres de gobierno, que no de estado, a las decisiones de los estados y las empresas transnacionales anglosajonas.
Este resultado traduce las apetencias externas sobre nuestros recursos. Con la fórmula de las relaciones internacionales ocurre otro tanto.
Mientras en Estados Unidos las agencias de inteligencia deben mantener ocupadas 100 mil plazas por lo menos con analistas que entre otras asignaturas hayan hecho la carrera de relaciones internacionales, en México quienes han cursado esta carrera están condenados al paro forzoso.
¿Cuál es la diferencia entre México y Estados Unidos que explique un destino tan distinto para quienes se han especializado en la misma carrera? ¡Ni más ni menos que la geopolítica!
Quienes ha estudiado en EU relaciones internacionales o han trabajado en centros de reflexión especializados en relaciones internacionales, como la Comisión de relaciones exteriores (CFR), y pasan a los servicios de inteligencia, transfieren a estos un criterio geopolítico, conducen a la ciencia del poder y del espacio y los instrumentos para imponer sus designios.
En México, esa carrera no sirve para nada. Y eso porque México es un país del sur del planeta donde no se ha elaborado geopolítica y donde su clase política es tan escasamente creativa, salvo para el uso abusivo del poder, que prácticamente jamás ha aspirado a desplazar dispositivos geopolíticos, cargados de ambición estratégica y estatal destinada a realizarse fuera de sus fronteras.
En cambio, en México estamos sobrados de ejemplos de injerencia geopolítica diseñada fuera de nuestras fronteras, empezando por la implantación de grupos criminales trasnacionales y de mafias; por ejemplo, en Chiapas las convulsiones caóticas corren a cargo de organizaciones católicas.
En especial las interesadas en dos materias: influir en las migraciones ilegales procedentes de Centro y Sudamérica que se dirigen a Estados Unidos, y la formación de una zona gris (como la formada por el EZLN para detener la acción soberana del estado nacional en zonas indígenas).
Como lo logró con el asentamiento del renacido operativo terrorista de los años setentas en Europa: maoístas y católicos sumados. El otro foco de interés es el de oponer una barrera a la influyente carga de grupos religiosos no católicos entre los indígenas chiapanecos.
Además, esta convulsionante complejidad se añade a la penetración protestante y evangélica. Y esta multiplicidad religiosa complementa los proyectos protestantes y evangélicos que se expresan por medio de ONGs ecologistas.
La seguridad nacional y las relaciones internacionales mientras sean disciplinas lejos del control oficial, no deben ser empleadas aunque su sonoridad sea fascinante•