(De la Redacción de AIM)

Recibido de María Vcitoria Eraso, corresponsal de Prensa Indígena. 7 de Abril.- Entre algunos pueblos originarios, los recién nacidos son presentados a la luna por sus padres. De ella toman una “energía” o “hálito”.
En cierto modo es un bautismo porque es un acto generador del ser individual, como la concepción lo fue antes por obra de sus padres. Y el ser individual tiene mucha relación con el nombre.
 
Entre algunos pueblos originarios, los recién nacidos son presentados a la luna por sus padres. Entre algunos pueblos originarios, los recién nacidos son presentados a la luna por sus padres.
El hetzmek, por ejemplo, es una ceremonia doméstica que todavía practican los mayas del Yucatán, aunque es una tradición que se va perdiendo. Debe realizarse cuando las niñas cumplen tres meses de edad y los niños, cuatro.
La fecha de la ceremonia se toma en consideración de las fases de la luna: tres días antes de la luna llena, tres días después, o el mismo día del inicio.
La ceremonia toma nombre de la forma en que se abraza a la criatura por primera vez, colocándola sobre la cadera izquierda de los adultos. Hetz o jéets quiere decir “aligerar”, “aliviar la carga”, y mek o méek se traduce como “abrazar”.
Los etnólogos discuten si se trata o no de una tradición precolombina, pero si bien los datos no son seguros, cabe preguntarse cuál pudo ser su origen en caso de no provenir de las culturas ancestrales.
«»Él volvió.
Los charrúas vendidos por el primer presidente del Uruguay, Fructuoso Rivera, a un aventurero francés que los expuso en jaulas en París como antropófagos alrededor de 1830, entre ellos Guyusuna, mujer embarazada, protagonizaron un hecho significativo en este punto.
Cuando uno de ellos supo que otro había muerto, dijo con entusiasmo: “volvió, él volvió”. Los franceses creyeron que había entendido mal y le repitieron: “murió”.
No había mala comprensión. El que muere, vuelve al lugar donde fue presentado bebé a la luna para cerrar el ciclo que se inició al nacer. Ahora el charrúa muerto estaba otra vez, de alguna manera incomprensible para nosotros, en el campo oriental donde nació.
Toda la vida está comprendida entre la primera inspiración, el llanto inicial del bebé y la última espiración, la de la muerte, en el caso del charrúa, la expiración que le permitió “volver”. O entre dos presentaciones a la luna, que tiene un valor simbólico múltiple como crecer y menguar, alumbrar y apagarse, etc.
«»En los fogones de Artigas.
El historiador uruguayo Gonzalo Abella dice: “todas estas creencias estaban en los fogones de Artigas, eran el presupuesto que todos compartían, los datos inmediatos de su confraternidad espiritual y social.
Sin ellos no se comprenderá a los paisanos y los indígenas serían meras bestias, como pretendían los europeos que rechazaban todas estas creencias sin conocerlas. A estas creencias se sumaron las propias de los negros africanos y las europeas precristianas, las celtas por ejemplo”.
Abella adjudica a la tradición celta, sin duda a la popular, no a la tradicional de Merlín, el Grial y la Tabla Redonda, el “animismo” presente en los grandes cuentos de hadas y según él también en los relatos fantásticos de los fogones.
«»Cuento de hadas.
En los cuentos de hadas un beso, el beso de amor de un hombre, puede resucitar a una doncella dormida (la Bella Durmiente). Una niña pequeña puede adentrarse en un bosque para hablar con un lobo (Caperucita) o los duendes de la tierra pueden ayudar a una niña perseguida (Blancanieves).
Abella marca la afinidad entre las creencias subyacentes en estos relatos, que desde que Perrault los formuló magistralmente dominaron la imaginación europea, y las de los fogones de Artigas con el denominador común del “animismo”.
http://www.aimdigital.com.ar/2014/04/06/bautizados-con-la-luz-de-la-luna/