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(Por José Aliaga Pereira)*

Foto: José Luis Aliaga Pereira.
Servindi, 23 de abrl, 2021.- El letal COVID-19 se expande por el país enlutando a numerosas personas que de un momento a otro se ven de cara con la muerte en un drama irreparable que trastorna sus vidas. La intensidad de esta situación es relatada por una nueva crónica de José Luis Aliaga Pereira, comunicador y escritor autodidacta de Celendín, en Cajamarca, localidad donde la situación se torna alarmante.
Según la directora de la Red de Salud de Celendín, Paola Díaz Torres, esta provincia registra 2023 casos de COVID-19. 5 fallecidos en enero, 8 en febrero, 8 en marzo y 12 en abril. En estos momentos los hospitalizados han sobrepasado la capacidad de atención sanitaria.
Foto: José Luis Aliaga Pereira.
Lo enterraron entre gallos y media noche. Domitila, su hija, la que lo había acompañado al hospital cuando se suscitó la emergencia, fue a la que comunicaron antes de retirar, en una bolsa negra, el cuerpo de Efraín.
Ella era la única que podía llamar o a quien llamarían ante cualquier situación que surgiera durante su permanencia en el nosocomio. Son dos comunicaciones telefónicas diarias establecidas, según le indicaron.
"El paciente continúa estable", le dijeron en tres oportunidades; dos llamadas el primer día y una el segundo. La cuarta fue para comunicarle sin ambages: – Su padre acaba de fallecer. El sepelio será en horas de la noche. Puede asistir usted, y dos de sus familiares.
Foto: José Luis Aliaga Pereira.
Subió como autómata, sin pronunciar palabra, ni vertir lágrima alguna a pesar de que en su corazón había lagunas de llanto.
Esa noche, desde la puerta del hospital, los miró salir con sus trajes parecidos a los que usan los astronautas que les cubrían de pies a cabeza.
Anonadada, Domitila, los vio avanzar hasta perderse por la avenida Túpac Amaru, mientras la mototaxista que la esperaba a pocos metros y que comprendía lo que pasaba, la llamaba insistente, para seguir a la vieja ambulancia que llevaba al padre de Domitila a su última morada.
Subió como autómata, sin pronunciar palabra, ni vertir lágrima alguna a pesar de que en su corazón había lagunas de llanto. Su mirada se prolongó en su mente: la imagen de su padre en una bolsa negra, con dos especies de robots a los costados.
El último sepelio al que había asistido fue el de su abuelita Cleotilde. El párroco del pueblo acompañaba el féretro y toda la familia caminaba detrás, despacio, como si estuvieran atados de pies y manos y les sujetara, los maniatara, la insensible verdad de la muerte.
Fueron tres los que cargaron el cadáver. A tres metros, Domitila observaba la escena; las luces amarillas y el reflector del guardián del cementerio, en vez de dar más luz, oscurecían el ambiente. Varios huecos o fosas esperaban inquilino; el más cercano fue para su padre.
Los astronautas respiraban agitados; al retirarse, alzaron sus tapacaras y tragaron aire inflando sus pechos blancos. El mototaxista tuvo que llamarla como la vez primera y, nuevamente, subió al vehículo como hipnotizada.
Foto: José Luis Aliaga Pereira.
En las afueras del hospital, otras personas, miraban con ojos resignados lo que allí pasaba; luego, volteaban la cabeza y como si intentaran despertar…
Obedecían las órdenes del personal de seguridad que en esos momentos cerraban las rejas de ingreso ¡Retírense, por favor! Regresen mañana. Cualquier cosa se les comunicará oportunamente.
Efraín había sido el más fuerte de la familia, el que parecía un roble. Domitila retornó a su casa, igual, sin decir palabra, con el cuerpo helado.
Su hermana, la mayor, escuchó el taconear de sus zapatos, los sintió cansados, le dio la espalda y a ella sí se le cayeron las lágrimas; no rodaron por sus mejillas, una persistente tos las tiró al piso.
Domitila fue directo a la cocina, se lavó las manos con jabón, encendió el fogón y, al poco rato, alcanzó a su hermana, en un tazón grande, agua tibia, hervida con hojas de hercarpuri, al que llevó con mucho cuidado y cariño, como, en su momento, atendió a su padre.
En la casa, Domitila, observó que el machete de su progenitor, como siempre, colgaba en el pilar de eucalipto y más allá, en el zaguán, descansaban el arado y el yugo que sin Efraín utilizaba en sus faenas ¿Y los bueyes? ¿Y los bueyes?, se preguntó.
De repente se tomó la cabeza con las dos manos. Un leve dolor hizo que abandonara sus pensamientos y corrió a tomar el agua tibia con hercarpuri que había preparado.
Foto: José Luis Aliaga Pereira.
Mientras tanto el Comando COVID-19 de la ciudad trasladaba muebles y al personal del área administrativa del hospital, a los ambientes de la Casa del Maestro, para aprovechar ese espacio e instalar más camas para los pacientes que esperaban lleguen de diferentes comunidades.
Nota: Según la directora de la Red de Salud de Celendín, señora Paola Díaz Torres, la situación se está tornando alarmante. Son 2023 casos de COVID-19. 5 fallecidos en enero, 8 en febrero, en marzo 8 y en abril 12. Los hospitalizados han sobrepasado la capacidad de atención.
* José Luis Aliaga Pereira (1959) nació en Sucre, provincia de Celendin, región Cajamarca, y escribe con el seudónimo literario Palujo. Tiene publicados un libro de cuentos titulado «Grama Arisca» y «El milagroso Taita Ishico» (cuento largo).
Fue coautor con Olindo Aliaga, un historiador sucreño de Celendín, del vocero Karuacushma. También es uno de los editores de las revistas Fuscán y Resistencia Celendina. Prepara su segundo libro titulado: «Amagos de amor y de lucha».
https://www.servindi.org/actualidad-opinion/23/04/2021/relato-de-un-sepelio <>