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(Por Alberto Pradilla)

NUSO, 10 de diciembre de 2019.- Este texto surge desde el interior de la caravana de migrantes que a finales de 2018 buscó llegar a Estados Unidos. No era la primera vez que las cámaras apuntaban hacia el éxodo centroamericano, pero sí la primera en que la prensa internacional acompañaba a los migrantes, día y noche, a lo largo de todo el trayecto, por semanas.
Se trata de una caravana del hambre y la muerte, que sacó de la clandestinidad a miles de personas que huyen a diario junto con sus historias, sus miedos y sus sueños.
Una mujer me llama a principios de marzo y me dice que necesita ayuda. La conocí en el sector Rivera Hernández de San Pedro Sula, un barrio de casitas de un piso, carretera de terracería y matorrales entre cada vivienda. Es el norte de Honduras.
La gran desgracia de esas pocas cuadras que delimitan el universo de esta mujer no es la pobreza tanto como haberse convertido en zona de guerra. Un territorio en disputa atacado por cuanto vértice existe. Por un lado, la ms. Por el otro, el Barrio 18. Por un tercer lado, los Olanchanos.
En el otro, los Tercereños. Hasta siete pandillas peleándose el territorio, matando y muriendo por ganar algunos metros, algunas casuchas, algunos ranchitos de mierda. Esta guerra no es por petróleo, oro ni coltán.
No hay una puta riqueza que ganar, más allá de controlar las vidas pobres de gente pobre como la mujer que me llama. En un pequeño cruce de la Rivera Hernández hay agujeros de bala en las esquinas y unos placasos1 de la ms tachados con pintura.
La pintura y las balas son lo mismo: heridas de guerra. Quienes hicieron las marcas son unos adolescentes-casi-niños con pistola. Ninguno de ellos, sicaritos de la pobreza, nació con el gen asesino. No existe una predisposición genética para el mal.
Lo que hay es pobreza, hambre, abandono familiar, un Estado que hostiga en lugar de proteger, la ausencia absoluta de futuro. Ser pobre te limita las opciones. A veces, ser un asesino se convierte en la opción cuando no ves otras oportunidades.
Me llama la mujer y me dice que necesita ayuda. Me cuenta que un chaval que vivió en el barrio se ha marchado de su casa aterrorizado ante la posibilidad de que lo maten.
En el Rivera Hernández, como en otros sectores de San Pedro Sula, las casas se abandonan como en las guerras, con lo puesto y sin mirar atrás. Eso hizo la familia del chaval siete años atrás. Cayeron en La Ceiba, pero los pandilleros los encontraron.
El chico tuvo que ver cómo los asesinaban delante de él. Ahora tal vez vinieron por él, quién sabe por qué, así que decidió marcharse él solito y probar suerte en el camino del Norte.
Me cuenta la mujer que el chaval hizo como muchos adolescentes. Cruzar ilegalmente a través de Guatemala y de México, subir a La Bestia. Pero tuvo mala suerte. Un mal paso. Un traspié. Un puto accidente.
Resbaló, La Bestia –o el Tren de la Muerte– le dio un mordisco y tuvieron que cortarle el pie. Así que me llama la mujer y me pide que intente localizarlo. Que quieren ver cómo su mamá se lo trae de vuelta.
La diferencia entre este chico y los miles que atravesaron México en octubre y noviembre de 2018 es la visibilidad.
Cuando la Caravana, no era la primera vez que las cámaras apuntaban hacia el éxodo centroamericano, pero sí la primera en que la prensa internacional los acompañaba, día y noche, a lo largo de todo el trayecto, por semanas.
Esa salida de la clandestinidad tiene dos caras: por un lado, la positiva, la protección. Miles de personas recorrieron un camino peligroso sin pagar coyote, sin ser secuestrados, violados o asesinados. Por otro lado, la visibilidad también los ha puesto en el punto de mira.
Me lo decía recientemente el coordinador general de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar), la agencia que regula la acogida de refugiados en México: la mayor parte de los solicitantes de asilo llegan por cauces distintos a los de la Caravana.
Sin embargo, la alerta xenófoba se enciende únicamente durante la Caravana. La mujer me ha llamado y no sé qué coño decirle, así que sigo escribiendo.
Lo primero es conseguir una prótesis. Pero para conseguir esa prótesis hay que pagar un platal. Yo no tengo ese dinero. Menos lo tienen ella o la mamá del chaval.
Resulta imposible no implicarse con los migrantes. Son seres humanos vulnerables que cargan con historias horrorosas para nuestras vidas más o menos acomodadas pero que, al mismo tiempo, transmiten una fuerza inquebrantable.
Darles visibilidad fue el mejor regalo que pudimos hacerles. Era como entregarles una capa de superhéroe, un chaleco antibalas, antisecuestros, antiextorsiones, al menos, durante el tiempo en que el espectáculo de la Caravana estuviese en el aire.
Cuando compartes tiempo con ellos, cuando escuchas sus historias, es inevitable que te abras. En el día a día también nos implicamos.
Hicimos cola en los Elektra para recoger los miserables 30 dólares que alguien le mandaba a otro alguien desde Tegucigalpa porque nosotros teníamos una identificación y ellos no. Prestamos nuestros celulares hasta agotar la batería.
Cargamos sus propios celulares en nuestros hoteles. Buscamos abogados que los orientasen. Hicimos acopio de mantas. Repartimos toda la comida posible. Pagamos cafés, algún desayuno, almuerzos.
Dimos jalón hasta niveles ridículos, como un día, con un compañero de la Deutsche Welle, cuando pasamos ofreciendo sitio en el carro a familias con niños y todos nos miraban como si fuésemos a vender sus órganos. Solo hay algo que nunca ofrecí: falsas esperanzas.
Mil veces me preguntaron si creía que Donald Trump iba a abrir la puerta y mil veces respondí que no, que jamás de los jamases, ni en un millón de años, que antes veríamos abrirse la tierra y aparecer de ahí una escalera de fuego con la que trepar el muro que ver al xenófobo apiadarse de los hambrientos.
Nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia, alimenté sus expectativas. Tampoco es que mis palabras fuesen a cambiar nada.
Estas personas dejaron todo lo poco que tenían en sus países de origen para llegar a un país donde no los quieren y cuyo presidente está dispuesto a hacer todo lo posible para que no alcancen su meta. Y a pesar de ello, tienen fe.
En caso de tener éxito, los caminantes se convertirán en el último eslabón de la cadena y accederán a los trabajos que nadie quiere hacer por salarios que los autóctonos considerarán inaceptables.
Y además, lo harán contentos, satisfechos, orgullosos, porque esa basura de empleo es mil veces mejor que cualquier cosa a la que hubiesen aspirado en Honduras, Guatemala o El Salvador. El éxodo dice mucho sobre Centroamérica.
Dice, por ejemplo, que miles de personas han dado por desahuciados a sus países. Ya fueron. No hay nada que hacer. Dice, también, que el acto más revolucionario es desobedecer las leyes migratorias para buscar un pedacito de capitalismo.
EEUU intervino en Centroamérica y ahora quiere guardar distancias. Promovió golpes de Estado, puso y quitó presidentes, financió a ejércitos sanguinarios y a paramilitares más sanguinarios todavía. Todo ello para proteger sus intereses, que se miden por miles de millones de dólares.
Ahora el plan es levantar un muro y dejar que los centroamericanos se maten entre ellos, desentendiéndose. Pero no puedes exhibirte tan cachondo y esperar que los demás no quieran tus mieles.
A los centroamericanos les quitaron las ideas de revolución a plomazos y les dejaron una única idea: si uno se esfuerza, puede conseguir una buena vida; si doblas el lomo, lograrás una chamba y prosperar. Cuando ven que eso no ocurre, parece lógico que se volteen y pregunten: «¿dónde está mi parte?».
La Organización de las Naciones Unidas (onu) considera que, cada año, 400.000 centroamericanos intentan cruzar al gabacho. Siete veces y media el estadio Santiago Bernabéu lleno a bote descargado sobre la línea imaginaria que separa México de EEUU.
La gente sigue muriendo, la siguen matando, así que no encuentran otra alternativa que marcharse, aun cuando puedan morir y los puedan matar en esa marcha.
Es como estar entre la espada y la pared, solo que si eligen la pared, que parece más segura, a veces se encuentran con que es poco firme y detrás hay un precipicio. Pero a priori no tienes la punta de la espada en el pecho.
Mientras acompañé a la Caravana, entre octubre y diciembre de 2018, conocí a decenas de estas personas.
Adolescentes que huían de una pandilla que quiere reclutarlos, tipos que se negaron a colaborar con el narco en una descarga, mujeres amenazadas de muerte por sus parejas, gente que ha visto cómo a su alrededor morían sus vecinos, padres y hermanos en una guerra de trincheras invisibles.
No todos los centroamericanos huyen de la violencia, aunque es verdad que la violencia está presente en las vidas de todos estos seres humanos.
La pobreza es otra porción violenta de su realidad. Que no te alcance para dar de comer a tus hijos, dormir en la puta calle, trabajar de sol a sol y aún y que aún y todo solo tengas para el frijol y la tortilla. Centroamérica muere de hambre y a Centroamérica la matan a tiros.
Por eso Centroamérica huye y quizás la única pregunta sensata ahora es pensar cómo los gobiernos garantizan un tránsito seguro. Hay un hecho tan trágico como indudable: la migración sobrevivirá a Trump y a López Obrador.
Sin embargo, cómo actúen eeuu y México tendrá impacto en vidas humanas al sur de sus fronteras. Sin ir más lejos, el 15 de enero de 2019 una nueva Caravana salió de San Pedro Sula.
Una semana después, más de 10.000 personas se encontraban en Tecún Umán, el último municipio de Guatemala antes de entrar en México.
Todo había cambiado respecto de unos meses atrás. En lugar de porras y gases ahora había botellas de agua que extendían los mismos funcionarios de Migración que antes pedían rendirse a la burocracia.
En vez de antimotines y gritos, un tipo con una camisa blanca que les explicaba sus derechos y les daba la bienvenida. Y en lugar de una cárcel para migrantes, la promesa de que si uno se registraba accedería a una tarjeta de visitante por razones humanitarias.
Este documento permitía entrar libremente al país, desplazarse y obtener trabajo durante un año, aunque se trata de un permiso renovable. ¿Estábamos ante el mayor cambio en la historia de la migración centroamericana de las últimas décadas?
¿Se estaba desmoronando, ante nuestros ojos, el injusto e inhumano sistema que reguló la migración centroamericana hacia eeuu durante las últimas décadas?
¿Era una medida temporal, para paliar la crisis humanitaria inmediata, o cualquier centroamericano que ponga un pie en esta frontera tendrá el mismo trato? ¿Estamos ante el fin del negocio de los coyotes desde Honduras, Guatemala y El Salvador?
¿Cómo se readecuarán los grupos criminales que han controlado el tráfico de personas hacia EEUU?
En el puente me encontré con personas que habían sido deportadas por México, gente que expulsó EEUU, caminantes que iniciaban su marcha por primera vez y veteranos del tránsito al Norte, y ninguno de ellos parecía interesado en la oferta ahora bondadosa de México.
Todas las personas a las que consulté tenían intención de seguir hacia EEUU. Todos, periodistas, migrantes, activistas, nos mirábamos sorprendidos. El nuevo gobierno mexicano, en manos de Andrés Manuel López Obrador, estaba protagonizando un cambio histórico.
No es lo mismo que te reciban a golpes que con una botella de agua y la promesa de regularización. Sin embargo, todo era más complejo cuando rascabas la pintura nueva.
Por el momento, las tarjetas se entregaban únicamente en el puente Rodolfo Robles y no en el resto de puestos fronterizos que México comparte con Guatemala. ¿Estaba diciendo López Obrador que los centroamericanos debían llegar en grupo?
¿Sería esa la única manera de hacer ruido y lograr la regularización? Esta política también obviaba un elemento fundamental: los centroamericanos que huyen quieren ir a EEUU. Por mucho que las autoridades les diesen la bienvenida en México, su objetivo estaba en el Norte.
Así que la tarjeta no podría significar más que una garantía temporaria de que la «Migra» no te arreste. ¿Más gasolina para la furia de Trump?En realidad, lo que López Obrador intenta es convencer con buenas palabras de que buscar el gabacho no es la mejor idea del mundo.
Tratará –¿tratará?– humanamente a quienes lleguen a México. Pero ¿qué ocurre con aquellos que ignoren sus ofertas y sigan hacia la frontera?
¿No teme el presidente que ciudades como Tijuana se conviertan en el destino final de estos campos de refugiados itinerantes? ¿Cómo afecta eso la política interna de México? ¿Y cómo su relación con Trump, el vociferante de la Casa Blanca?
Trump no ha modificado su manía de acoso y derribo. Las atrocidades perpetradas durante la etapa de «tolerancia cero», como la cruel separación familiar, fueron continuadas por iniciativas como devolver a México a los solicitantes de asilo mientras un juez resuelve su caso.
Esto implica que gente que huye de la violencia se vea atrapada en ciudades violentísimas hasta que un funcionario estadounidense decida si puede o no cruzar la frontera. Los jueces no saben que Jorge Alexander Ruiz también quería pedir asilo y lo mataron en Tijuana antes incluso de enviar su solicitud.
Aquí viene la paradoja más brutal. Trump y López Obrador representan tendencias políticas antagónicas, pero han expresado públicamente que comparten un objetivo: poner fin a la migración irregular hacia EEUU.
Durante muchos años, México ha ejercido como verdadera frontera sur para Washington. López Obrador proclama que se acabó estar supeditado a las órdenes del Tío Sam. Sin embargo, lo que dice y lo que hace van por caminos diferentes.
Hay un riesgo cierto de que México se convierta en un «tercer país seguro»2 de facto. El gobierno de López Obrador niega ese rol.
Pero por el sur ofrece empleos y planes de desarrollo para que los centroamericanos no sigan su tránsito. Y, por el norte, comienza a recibir a solicitantes de asilo que eeuu expulsa para que aguarden el proceso en México.
¿Puede un gobierno de izquierdas acercarse al sueño de los securócratas gringos y ser quien más hace por frenar la larga marcha centroamericana?
A estos movimientos se les suman dos tendencias preocupantes: la persecución de activistas en EEUU y México y el incremento del racismo contra los migrantes en toda la región.
Una investigación de la cadena nbc de San Diego mostró que el Ejecutivo de Trump había elaborado listas de defensores de derechos humanos y periodistas presentes en la Caravana. A algunos de ellos les vetaron una nueva entrada a México entre finales de 2018 y principios de 2019.
Al comienzo de este mismo año, activistas que acompañaban a otra caravana por territorio mexicano fueron hostigados y algunos de ellos detenidos y deportados a Honduras.
¿Trabajan eeuu y México conjuntamente para hostigar a los activistas que cuestionan el modelo migratorio de ambos gobiernos? A finales de enero de 2019, una turba trató de linchar a los migrantes que esperaban por su tarjeta humanitaria en Tecún Umán.
Los acusaban de bailar reguetón, beber alcohol y tomar drogas. El mismo argumento que emplearon los xenófobos de Tijuana meses atrás. ¿El repunte de las ideas racistas en eeuu bajó hacia México? ¿Y hasta Guatemala?
¿Debe un migrante someterse al estereotipo de persona que agacha la cabeza, da las gracias y no levanta la voz para no ser doblemente estigmatizada? La Caravana de octubre de 2018 puso a los migrantes invisibles en la agenda política.
También mostró un camino para recorrer México sin tener que recurrir a redes criminales. Meses después, sin embargo, todo parecía recomponerse:
La muerte de 25 guatemaltecos en un camión sin placas que se accidentó en Chiapas en marzo de 2019 mostró que, a pesar de todo, las redes de tráfico de seres humanos operan a pleno. El escenario ideal sería que Centroamérica no se viese en la obligación de escapar de sí misma.
Y que una persona cualquiera, como fue mi caso, tampoco se viera en la tarea de hablar con un sacerdote para que se comunique con la Cruz Roja Internacional a ver si consigue el dinero que financie la prótesis de una pierna.
Esta es la solución modesta, personalísima, el parche. No la respuesta que los Estados deben dar –sistémica, estructural, sostenible–. Seria. Sin eso, toda solución es una prótesis: ayuda a caminar, pero no resuelve el problema.
Pero eso no llega y mientras no llega, queda el arresto individual –los arrestos individuales– para una degradación que no cesa.
Porque siguen existiendo colonias como la Rivera Hernández, con siete pandillas matándose por cuatro cuadras de mierda; o como la Suazo Córdova, donde el rastro de sangre persigue a la familia de doña Fanny.
Siguen existiendo empresas de taxi como la de Walter Coello, que tienen que pagar cuatro extorsiones para que no los maten, o rutinas miserables como la de Kevin, que debe abonar una renta por vender sus verduras en la calle.
Esa es la Centroamérica que huye, un territorio herido lleno de personas que quieren vivir. Que tiene una inmensa capacidad de supervivencia, que se recupera rápido de los golpes y que vive con el petate hecho porque no le dejan ninguna opción.
Es jodido, pero si las condiciones no mejoran, Centroamérica seguirá produciendo piernas para una interminable Caravana.
<>Nota: este texto es un fragmento del libro Caravana. Cómo el éxodo centroamericano salió de la clandestinidad (Debate, Ciudad de México, 2019).
1. Tipo de grafiti que representa nombres o signos identificatorios de una banda (n. del e.).
2. Según la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de las Naciones Unidas (1951), cuando una persona abandona su país para solicitar asilo en otro, este segundo país puede negarse a recibirla y remitirla a un tercer país que considere que puede darle las mismas atenciones (n. del e.).
https://nuso.org/articulo/centroamerica-huye-de-si-misma/?utm_source=email&utm_medium=email <>