(Por Rémy Ourdan)

SinPermiso, 11 de mayo.- Toda guerra tiene final. Hasta los más interminables conflictos a los que un espíritu racional no llega ya a verles salida se acaban un día. Por un acuerdo de paz o por la victoria de un bando o el aniquilamiento del otro.
Lo que el relato de Jeremy Scahill evoca, lo que permite contemplar provoca un escalofrío. Habría que llamarlo guerra permanente.
 
El periodista de The Nation y cofundador del sitio The Intercept, autor ya de una investigación sobre la privatización de las guerras norteamericanas (Blackwater, the Rise of the World´s Most Powerful Mercenary Army [edición en castellano: Blackwater:
El auge del ejército mercenario más poderoso del mundo, Paidós, 2008]) se concentra esta vez, en Dirty Wars, The World Is a Battlefield, en el corazón del poder de la primera potencia. Scahill reconstruye la forma en que Washington, en respuesta a los ataques del 11 de septiembre y la guerra clandestina de Al Qaeda, ha transformado en profundidad su manera de librar combates militares.   
Dos constataciones principales aparecen en el libro: la primera es que, más allá de los conflictos oficiales en Afganistán y en Irak, la guerra norteamericana es “una guerra planetaria en secreto y con toda libertad”.
La segunda es que, más allá de la presidencia de George W. Bush, comúnmente criticada por la guerra de Irak, el uso de la tortura y las cárceles secretas, “el programa de captura y de asesinato del gobierno norteamericano está en plena expansión” desde la elección de Barack Obama.
Escrita como un thriller, la investigación de Jeremy Scahill es excelente porque ha trabajado en dos frentes a la vez. Por un lado, ha arrastrado sus polainas de reportero por las montañas afganas, las aldeas de Yemen y las calles de Mogadiscio.
Por otro lado, consigue encontrar informantes hasta dentro de los más obscuros servicios secretos, sobre todo del Joint Special Operations Command (JSOC), un organismo de las fuerzas especiales desconocido para la opinión pública hasta la operación del Navy Seal Team 6 contra Osama Bin Laden, y que comparte con la CIA la tarea de librar guerras secretas.
Este método de confrontación de puntos de vista resulta especialmente convincente, por ejemplo, en el caso de la familia de Anwar Al-Awlaki, este imán nacido en Las Cruces (Nuevo México) y asesinado en Yemen por medio de un misil, que se convirtió en el primer ciudadano norteamericano que se sepa condenado a muerte por el presidente de los Estados Unidos.
Scahill describe tan bien el ascenso de la fiebre yijadista como la deriva norteamericana. Reconstruye así las decisiones y acciones de Washington, que ha desplegado a los “ninjas” del JSOC en decenas de países, ha sistematizado los ataques con aviones no tripulados (“drones”) y ampliado a miles de nombres la lista de sus “blancos”. . 
Todos los martes, el presidente norteamericano decide sobre la base de las listas establecidas por la JSOC y la CIA qué individuos serán asesinados en el planeta.
Para ser designado como “blanco”, no hay necesidad alguna de haber atacado o amenazado a los Estados unidos. Basta con ser “presunto terrorista” o militante de una organización a la que se juzgue “enemiga”.
En Washington, algunos han bautizado estas reuniones como los "martes del terror". La Casa Blanca “actúa a la vez como fiscal, juez y jurado", escribe Scahill.
"El presidente y sus consejeros determinan en secreto quién debe vivir o morir, interpretando las leyes a puerta  cerrada y considerando que ningún blanco es ilegítimo, ni siquiera un ciudadano norteamericano".
Además de Afganistán, donde el ejército norteamericano sigue desplegado oficialmente, se apunta a tres países especialmente: Pakistán, Yemen y Somalia.
Scahill muestra el hilo de lo que parecía partir de una buena intención de Obama: substituir la "guerra global contra el terror" de Bush y la ocupación militar de dos países por una "guerra contra Al Quaeda y sus aliados" más enfocada. El problema es que todo se ha trastocado.
Obama ha dejado al JSOC "actuar con toda libertad, como un caballo loco", y la CIA, por jugar a la contra de esta dominación de las fuerzas especiales, se ha militarizado hasta el punto de convertirse en "una verdadera máquina de matar".
Las guerras secretas se han ampliado. Una lluvia de misiles lanzados por aviones de combate no tripulados ("drones") se ha abatido sobre este país, matando también a miles de civiles, extendiendo el odio contra Norteamérica y reforzando las filas de Al Qaeda y sus aliados. 
Evidentemente, los Estados Unidos tienen enemigos hábiles, resueltos, amenazadores. Por tanto, El relato de Scahill no puede leerse, para poder comprender a ambos bandos, más que como complemento de las obras sobre los movimientos yijadistas. 
Queda que el problema sigue siendo diabólicamente pertinente. Desde el momento en que se considera que "el mundo es un campo de batalla” -tesis neoconservadora adoptada por Obama-.
Que se asesine y capture secretamente a personas que acaso no hayan cometido el menor delito, que ya no se respete el Derecho bélico ni el Derecho internacional, que se libren guerras que ya no se declaran, "persiste una pegunta dolorosa: ¿cómo podría una guerra así llegar a su fin?".
Rémy Ourdan ha sido corresponsal, jefe de la sección de Internacional (entre 2005 y 2008) y director adjunto (en 2013) del diario Le Monde. Cuenta con una amplísima experiencia como enviado especial desde 1993: cubrió durante cuatro años el sitio de Sarajevo y las guerras de Bosnia, Croacia y Kosovo.
Investigó la destrucción del campo de refugiados palestinos de Yenín y asimismo el genocidio de Ruanda, los conflictos de los Grandes Lagos y la guerra entre Eritrea y Etiopía. Tras el 11 de septiembre de 2001, cubrió las guerras de Afganistán e Irak,
Más recientemente, informó desde Egipto de la caída de Mubarak y, también como enviado especial, de la guerra de Libia. Entre sus libros se cuentan los volúmenes colectivos Après-guerre(s) (Autrement, París, 2001) y Crimes de guerre (Autrement, París, 2002).
Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón.
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Le Monde, 2 de mayo de 2014.
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