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(Por Adela Celorio)

 

Recibido de Eusebio Vázquez, Navarro, corresponsal de Prensa Indígena. 29 de marzo.- Siempre papaya, naranja, nopal… Tú también tomas, es bueno para estómago; se explicó mi suegra lituana en su muy limitado español, antes de llevarme a su cocina para ponerme al corriente de los hábitos alimenticios del niño de sus ojos.
Mi hijo hombre bueno, nunca no fuma, nunca no bebe, nunca no amigos; sólo trabajo, sólo esposa, me advirtió la buena madre judía cuando me entregó al Querubín. Y no, no mintió la señora, su hijo ha sido siempre un hombre bueno, demasiado bueno y sus hábitos alimenticios casi asépticos.
 
No prueba mariscos ni cerdo porque son animales prohibidos, aunque no le hace ningún gesto al jamón serrano o al chicharrón doradito porque: eso no es carne -dice.
Como aconsejan ahora los expertos que insisten en mantenernos sanos y jóvenes hasta los cien años (no sé para qué) mi Querubín se alimenta de fruta, leche y carne asada. Sus orgasmos alimenticios los provocan los pasteles, los helados y los postres; menos mal que endulza el café con Canderel para no excederse con el azúcar.
Teóricamente debía ser una persona sana y sin embargo es cliente asiduo de médicos y hospitales. Nunca ha fumado, y desde hace algunos años lo ahoga un enfisema, por eso yo digo que la salud es un azar.
Nacemos con fecha de caducidad y no hay más remedio que aceptarlo de buen grado, especialmente si asumimos que hay niños con Sida, que el cáncer nos acecha, que sobrevivimos al choque fatal del tren en que viajamos, para morir de la neumonía que nos causó la lluvia que caía esa misma noche en el lugar del accidente.
En cuanto mí, debo confesar que la comida sana me deprime terriblemente. Soy adicta a lo mantecoso: el tocino, el chorizo y la grasa en todas sus presentaciones; me ponen de muy buen humor.
En cuanto a la cerveza y el vino que aprendí a beber con mis padres, debo confesar que aunque mi paladar silvestre no alcanza a distinguir el toque de madera, frutos del bosque y la fuerte personalidad de un buen Tempranillo.
Me basta con la alegría y el toque festivo con que el vino convierte cualquier comida en algo más humano porque aligera el espíritu, absuelve la lengua y estimula la conversación.
Sería una desvergonzada si a estas alturas decidiera formarme en la fila de los abstemios. A veces se me ocurre que todos nos embriagamos: de vino, de nubes o de poesía como cantó Baudelaire; y estoy convencida de que quienes se escandalizan de las embriagueces ajenas, no hacen más que fomentar otras peores.
Lo prohibido es para mí una tentación en la que me gusta caer, por lo que las encarnizadas campañas contra el cigarro me han impelido a fumar, y aunque nunca he sentido la urgencia de hacerlo, disfruto de cancelar el día fumando dos o tres cigarrillos.
No digo que sea bueno para los pulmones, pero los humanos estamos hechos de algo más que pulmones. El espíritu necesita de momentos gratos aunque se tosa de vez en cuando. Está visto que lo mío es nadar contra la corriente, caminar siempre cuesta arriba.
Además, tengo muy probado que las prohibiciones no salvan a nadie de sí mismo. Después de todo hay quien se mata de amor o de odio.
Nos matamos por medio del alcohol, del tabaco -prohibidos o no- aunque muchos logran el mismo resultado con las religiones, el sexo, los deportes extremos tan de moda hoy en día.
O como mi Querubín, con el trabajo y la obligación de ser productivo porque al fin y al cabo vivimos en una sociedad donde la salud debe estar al servicio de la producción.
Donde ser demasiado gordo, demasiado flaco o demasiado viejo, se considera inaceptable. Una sociedad en la que nuestro cuerpo debe ser una máquina bien aceitada para rendir, y cuando deja de hacerlo se pierde el sentido de la vida.
Para administrar el placer a cuentagotas porque al fin de cuentas, esta vida es un valle de lágrimas. A mi Querubín le enseñaron que quien ríe por la mañana, en la noche llorará; y él no se ha dado la oportunidad de descubrir lo saludable que resulta una buena dosis de risa diaria.
Ya advertía Spinoza que "sólo una triste y torva superstición puede prohibir a los humanos disfrutar de perfumes, música, alimentos deliciosos y algunos otros regalos terrenales".
Recomiendo eso sí, la prudencia. Nunca dejar de implorar como Groucho Marx: "Cuídame Señor, porque soy lo único que tengo".
Y pues sí, aunque de mala gana, debo aceptar que el cuerpo es un instrumento indispensable para vivir y por eso es importante tratarlo cuidadosamente; aunque no hay que exagerar. Después de todo, la salud es un azar.
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