Foto: imagen / Ramón Sienra.

Colectivo del Periódico El Zenzontle, 4 de marzo de 2019.- La liberación de las mujeres no será un producto de la revolución, debe ser su motor. Por donde se mire, el panorama para las mujeres en México es nada alentador. La estadística oficial cita entre 7 y 9 feminicidios diarios a nivel nacional.

En Veracruz, uno de los tres estados con el mayor número de feminicidios en el país, una diputada de Morena propuso hace poco que una solución ante ello sería implementar un toque de queda nocturno para las mismas mujeres.

Independientemente de que eso dice sobre la falta de consciencia de la diputada que sufrimos la mayor cantidad de agresiones sexuales en nuestros hogares y espacios privados, su propuesta señala un problema de fondo mucho más preocupante: vivimos en y reproducimos una cultura de la violación.

Es decir, la sociedad en la que vivimos y se nos enseña a ser mujeres y hombres, con su estructura capitalista hetero-patriarcal celebra la cosificación del cuerpo femenino, establece como regla básica de convivencia el que las mujeres pertenecemos a los hombres…

Nos deshumaniza, regula nuestra sexualidad, nos reduce a espectadoras y también culpables de las violencias que vivimos y nos castiga con una serie amplia de represalias si intentamos reclamar espacio, voz, vida.

En el "mejor de los casos" se nos aísla y ridiculiza como exageradas, histéricas y conflictivas, quizás se nos brutaliza y se nos viola para enseñarnos a obedecer mejor y en el "peor de los casos" se nos mata.

Aún muertas, escribe una compañera, nos odian. Somos las culpables de nuestra "des-fortuna" y quizás lo más lacerante es que, a menudo, nos la creemos.

Ante el surgimiento de los movimientos #niunamenos y #metoo, ante las movilizaciones por el derecho a decidir y tener acceso a un aborto seguro y gratuito, se nos ha respondido con acusaciones de ser "putas", "egoístas", "feminazis".

Se cuestiona la veracidad y la intención de nuestras "acusaciones" de acoso, violencia psicológica, física y sexual. Como si el deseo de ser libres y seguras no fueran motivos suficientes o necesarios.

Reconocer el terreno desmoralizante en el cual estamos paradas y parados es y será necesario si pretendemos aún reclamar otro horizonte: nunca más una revolución sin nosotras.

El hecho es que la violencia patriarcal está matando no sólo a las mujeres y niñas, sino que a la especie humana, al medio ambiente; la vida en todas sus expresiones.

Como movimientos sociales que le apuestan a cambios radicales, si seguimos aferrados a una ceguera selectiva respecto a la violencia de género estaremos asegurando que esa tormenta nos devore completamente.

La violencia patriarcal, esa que nos ha separado de nuestros cuerpos, sentimientos, y de nuestro bienestar mental es la misma que justifica la destrucción de los bosques, de las montañas y del mar.

Por lo mismo, y ante el colapso que se hace cada vez más inminente, es urgente entender a fondo en nuestros espacios de organización que no sólo la revolución no se debe hacer sin nosotras sino que no se puede hacer si no se centra en una política antipatriarcal.

Las respuestas, no vendrán de arriba. La llamada cuarta transformación ya hace evidente sus políticas anti-mujeres con recortes de apoyo a programas fundamentales para mujeres violentadas como un ejemplo de su postura machista y neoliberal.

Si miramos abajo, entre nosotras y nosotros, la lucha kurda lo ha exhibido y expresado bien – retomando la lucha de las mujeres y la preservación ecológica como dos de sus ejes fundamentales.

Una y otra vez las compañeras kurdas lo han dicho: la liberación de las mujeres no será un producto de la revolución, debe ser su motor. Si no, nos quedaremos muy cortos, y peor tantito, quizás lo que construyamos sean las mismas pesadillas que nos han acechado hasta ahora.

Hoy, aparte de centrar nuestros esfuerzos en las defensas de territorios y resistir los megaproyectos de destrucción masiva, debemos aprender y por fin aceptar que la lucha de las mujeres, o como se llame en sus distintas geografías – participación de las mujeres, lucha feminista…

Lucha antipatriarcal- no puede seguir siendo una posdata de esfuerzos diseñados por y para hombres. No podemos seguir siendo una nota de pie de página en los planes de cinco años. La emergencia está, los ejemplos y las experiencias están.

Falta la escucha comprometida. Falta quizás por fin elevar la pregunta "¿qué es lo más ético" al nivel de "¿qué es lo más estratégico?". Somos organizaciones y movimientos creados y constituidos en medio de una cultura de la violación.

En consecuencia, la cultura de la violación, esa que se alimenta con la construcción de la mujer sub humana, es parte también de nuestras organizaciones y movimientos.

Quizás este 8 de marzo, y todos los días después, falte reconocerlo, hacer de la violencia patriarcal y las estrategias contra ella, una prioridad real en nuestros espacios. Al final, el panorama es y será el que construimos.

<>Ser mujer.

(X PP* publicado en El Zenzontle, Número 86, marzo 2011)

La mujer en este mundo es un ser expuesto a la discriminación y sus calamidades. Desde la prehistoria, cuando los seres que serían humanos se bajaron de los árboles se fijó el estatus femenino: Encargadas de la reproducción, a las tareas de la comunidad: recolección, caza, se sumaba la carga del embarazo...

Nueve meses con el producto en el vientre, el parto violento, en principio sin herramientas para cortar el cordón y con la escasa ayuda de las mayores. Y después, cargar la cría, amamantarla y cuidar de ella hasta que fuera capaz de cuidarse por ella misma.

Estas tareas, imprescindibles para la perpetuación de la especie, se tradujeron en una división del trabajo entre hembras y varones: unos proveían de alimentos y las otras proveían de nuevos miembros de la comunidad.

Obligadas por su condición a permanecer en el refugio, en la caverna, forjaron un poder que recayó en la matriarca, la hembra poderosa reconocida por sus hijas y sus hijos.

La línea femenina decidía y definía la distribución del producto y los apareamientos se producían de manera fortuita, nadie pertenecía a nadie, las uniones eran libres y transitorias. Pero el matriarcado fue una corta etapa histórica.

Muy pronto la necesidad de asegurar tanto la existencia de la comunidad mediante el acopio de excedentes como la posesión de los individuos creadores de herramientas, fruto de un trabajo excedente al inmediatamente necesario para la reproducción, cambiarían las cosas.

La posesión colectiva se convirtió en propiedad individual y con esta transformación surge también la pretensión del poseedor de heredar a su descendencia el fruto de su personal acopio del excedente apropiado.

Para ello se hizo necesario garantizar el linaje patrilineal, algo muy difícil en la sociedad matriarcal, por lo que se impuso la fuerza del macho para someter a la hembra, aislarla de los otros machos y así garantizar la paternidad de la descendencia.

Sometida a la tutela, a la vigilancia del macho, la mujer devino propiedad privada, fue cosificada, obligada a aparearse exclusivamente con su poseedor y en general excluida de la cosa pública, fue recluida en el hogar, en el gineceo, en el harem.

Seres sin derechos a lo largo de los siglos, su situación fue justificada por la mitología: Dios dijo dios y hombre, la mujer nació de la costilla del varón, el honor de la familia se encontraba radicado…

En una membrana de sus vírgenes, sello de garantía que debía ser roto solamente por su futuro dueño en el acto de posesión, es decir en el instante en que pasaba a ser una cosa propiedad de su poseedor.

«No desearás a la mujer de tu prójimo» mandamiento que se constituye en condición básica para garantizar la paternidad.

Los hitos históricos son aterradores: la mujer adúltera era lapidada hasta la muerte. Para que no se contaminaran con el placer eran mutiladas.

Podían ser castigadas, golpeadas, violadas a voluntad de su dueño (en sitios de Asia y África aun los son y en muchos lugares de México las venden sus padres o las secuestran para explotarlas en los prostíbulos).

En la edad media las mujeres de los guerreros que partían a combatir en tierras lejanas, eran encerradas en un «cinturón de castidad» con candados -cuya llave era parte del equipaje del viajero- para impedir el contacto con otro varón.

Cuero, acero, suciedad y focos de infección sobre las tiernas carnes femeninas.

La civilización occidental ha ido lentamente, muy lentamente, reconociendo la existencia femenina como la otra cara de la masculinidad. Proceso lento y doloroso logró en el siglo pasado el reconocimiento de su ciudadanía.

Pero hasta ahora, ha sido un mero reconocimiento legal. Como la igualdad entre ciudadanos trabajadores y patrones, la igualdad hombre-mujer se halla muy lejos de ser una realidad.

Sí, se canta a la mujer, se le idealiza y se le hace poesía.

Se declara: a la mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa, pero las mujeres son víctimas de las agresiones cotidianas en el trabajo, en el transporte, en la escuela, en la calle. Son tratadas como objetos y la violencia contra ellas es algo que sucede a diario.

Particularmente los hechos recientes muestran que en ciertos ámbitos nos encontramos igual o peor que en la edad media. Los feminicidios, como se ha tipificado al asesinato de mujeres, se han vuelto hechos cotidianos, repetidos con demasiada frecuencia.

Resaltan más los asesinatos de Ciudad Juárez, porque se han concentrado en un área geográfica pequeña, la lucha por su esclarecimiento y la búsqueda de justicia lleva muchos años y por eso son los más conocidos.

Pero en otros lugares también se suceden como en el Valle de México o en las fronteras sur y norte con las migrantes, y los medios los ignoran. Son considerados noticias de poca importancia.

Las investigaciones al respecto no prosperan, la justicia se esconde. Las mujeres que han sostenido la lucha y la exigencia de justicia son acosadas, levantadas, asesinadas. La procuración de justicia, como una acción de Estado, es nula en este país, salvo que se trate del caso de un agente norteamericano.

Que el recuerdo de las mujeres que han caído por demandar justicia sea la bandera de lucha que anime la conquista de la equidad de género y la eliminación de la discriminación sexual y el patriarcado.

Marisela, Susana, Josefina, Digna, Betty, y tantas más son los nombres de todas y cada una.

Caídas en la lucha viven en nuestros corazones. ¡Ya basta! PP*, nuestro inolvidable compañero y maestro José Uriel Aréchiga Viramontes (18 de marzo de 1936- 3 de octubre de 2017).

Próxima publicación del libro: Capital Depredador y Rebelión, Ed. El Zenzontle.

¡Justicia para el compañero Samir y para todos los pueblos afectados por el Proyecto Integral Morelos! ¡No puede haber consulta si asesinan a nuestros compañeros! ¡Cancelación inmediata del Proyecto Integral Morelos!

Samir Flores Soberanes, fue indígena náhuatl originario de Amilcingo. Samir fue fundador de la Radio Comunitaria de Amiltzinko 100.7 fm, fue principal impulsor de la organización contra el Gasoducto Morelos y todo el Proyecto Integral Morelos

Su trabajo fue incansable tanto en Huexca como en todos los pueblos, así como con los niños de su comunidad a quienes les enseñaba a conocer y amar a su territorio, actualmente formaba parte del Comité de Padres de Familia de la escuela del centro de Amilcingo...

La cual se encuentra en resistencia desde hace 16 meses por el conflicto generado por el grupo de choque que se ha generado en la comunidad liderado por Humberto Sandoval, líder de la Central Campesina Cardenista en Morelos.

Alegre, valiente, incansable, solidario, comprometido y claro en sus ideas, Samir fue un ejemplo de lucha para todos nosotros.

Por su posición y labor de promoción de la autonomía de Amilcingo y la defensa del territorio contra el Proyecto Integral Morelos, Samir fue amenazado en varias ocasiones desde el año 2012, así como difamado…

E incluso señalado en volantes y memes por internet, todos signos de desprestigio y criminalización de los defensores de derechos humanos y comunicadores populares.

Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra y el Agua Morelos, Puebla, Tlaxcala

A Enrique Cisneros, El Llanero Solitito, Cleta, El Machete

Espíritu, arma y obra del pueblo en lucha. ¡Hasta la Victoria... Siempre!

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