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(Por Miguel Valencia Mulkay)*

Recibido de El Zenzontle, 4 de febrero de 2019.- Diversas voces, entre ellas López Obrador y sus secretarios, alegan que el posible daño ecológico y cultural del Tren Maya es menor, mitigable, reducible o minimizable, con fundamento en ideas vagas, voluntarismo y declaraciones de buenas intenciones.
En el fondo quieren ignorar lo que realmente sucede en los territorios cuando se construyen y operan trenes de alta velocidad en zonas tropicales, como lo son Yucatán, Campeche, Chiapas, Quintana Roo y Tabasco.
No sería una sorpresa que el gobierno de López Obrador apruebe estudios o manifestaciones de impacto socioambiental que ignoren, oculten o minimicen los daños ecológicos, ambientales, culturales, sociales, urbanos, económicos, políticos y simbólicos del Tren Maya, como ha sido costumbre en los gobiernos anteriores.
La nueva SEMARNAT no inspira confianza alguna: no hay ideas nuevas; no se observa independencia de criterio; no se perciben conocimientos sobre lo que hacen los transportes con los territorios tropicales.
Las leyes ambientales y las normatividades ayudan mucho a la aprobación de manifestaciones de impacto ambiental a modo de los depredadores.
La corrupción gubernamental en los asuntos ecológicos y de la diversidad cultural, de mayor trascendencia que la económica, no parece preocupar mucho al nuevo gobierno.
El imaginario progresista, desarrollista, economista, rechaza aquello que puede matar sus creencias, prejuicios e ilusiones.
El primer gran daño que hacen los megaproyectos del transporte consiste en su aviso o lanzamiento formal ante los medios de comunicación, como proyecto oficial del gobierno, para beneficiar a los indígenas, campesinos y vecinos de los territorios afectados.
Este aviso o lanzamiento inmediatamente intensifica la especulación inmobiliaria existente en los territorios considerados para su construcción y el despojo o la compra de terrenos ejidales o comunales.
Suben de precio los terrenos en la cercanía del transporte en cuestión y se acelera en el territorio la desaparición de los cultivos campesinos y la artesanía y las áreas de vida silvestre.
Sin haber licitado la obra, sólo con el aviso oficial de su construcción, se acelera la devastación cultural y ambiental en los territorios afectados. La economía crece destruyendo culturas y territorios.
Los terrenos que se vuelven propiedad de los especuladores pueden conservarse ociosos por varias décadas hasta que consiguen elevados precios, por el nuevo transporte.
Gobernadores, terratenientes y altos funcionarios de gobierno estatales; consorcios nacionales o internacionales, fondos de inversión, entre otros, rápidamente despojan a los ejidatarios y los comuneros de sus terrenos o los adquieren por muy poco dinero...
Con miras a venderlos con elevados precios o utilizarlos para diversos negocios ligados al turismo y otros nuevos servicios e industrias, cuando se encuentre en operación el Tren Maya, que por cierto, es una nueva versión del muy estudiado Tren Transpeninsular de Peña Nieto.
Es un proyecto que ha sido discutido por varios gobiernos federales y estatales desde hace más de una década: la especulación inmobiliaria creada por los pre proyectos de un tren turístico en el Sureste tiene fuerza desde hace algunos años.
Con el lanzamiento del Tren Maya, en diciembre de 2018, se ha fortalecido sustancialmente la especulación inmobiliaria en los territorios que probablemente afectará.
En la medida que aumenten la inversión y los compromisos para su construcción, en muchos pueblos y ciudades aumentarán las inversiones federales y estatales en carreteras, caminos, transportes de cercanía (monorrieles), trasvases de agua, canales, grandes drenajes...
Gasoductos y otros servicios, como cuarteles y campos militares, instalaciones policiacas, oficinas gubernamentales; inversiones públicas o privadas en clínicas, hospitales, escuelas, universidades e inversiones privadas en hoteles, bodegas, estacionamientos, desarrollos turísticos...
En apoyo a este megaproyecto que no sería rentable sin ellos; se multiplicarán las nuevas colonias y pavimentaciones y las nuevas líneas de transporte locales o regionales en los pueblos cercanos a las ruinas arqueológicas y las ciudades.
El transporte terrestre no sólo mueve personas y cargas, mueve los usos del suelo y las economías en su cercanía: induce la introducción de otros transportes alimentadores, mayor uso diario del transporte y mayor pérdida de tiempo: acerca puntos y aleja destinos, como decía Soria y Puig.
Disloca el tiempo y el espacio en el territorio, como lo dice Jean Robert; fomenta los viajes diarios a largas distancias y complica los desplazamientos de cercanía; impulsa la urbanización y la industrialización en su proximidad.
Promueve las muertes, discapacidades, por accidentes, así como destruye la producción y consumo de productos artesanales y fomenta la producción y el consumo de productos industriales; impulsa la producción de basura difícil de eliminar( inorgánica) y de aguas muy difíciles de tratar.
Facilita el tráfico de personas, armas, narcóticos, especies en peligro de extinción y fomenta la inseguridad, la toxicomanía y la violencia intrafamiliar, escolar, laboral y urbana.
El tren de alta velocidad multiplica por tres o cinco veces los daños ambientales, sociales y culturales que provocaría un tren de baja velocidad.
Los transportes entrañan un gran conflicto con la Naturaleza y el medio ambiente: los animales que caminan o se arrastran sobre la tierra, incluyendo al ser humano, para sobrevivir se desplazan horizontalmente en todas direcciones.
El transporte terrestre se "abre paso" a través de áreas de cultivos campesinos y zonas de bosques y selvas que no están "diseñadas" para soportarlo.
En su avance va fraccionando y empobreciendo estas zonas y áreas, sustituyendo porciones crecientes de los mismos por espacios inertes, definitivamente perdidos para la Naturaleza y la vida.
El transporte corta el tejido de la vida que enriquece los suelos de los territorios. Jaguares, venados, mapaches, zorrillos, tejones, boas, junto con otros cientos de especies animales, serán arrollados y extinguidos como especie, por el Tren Maya.
Los autos, los autobuses y los camiones que infestarán la península de Yucatán, Tabasco y Chiapas, nuestra famosa gran reserva de mega diversidad de animales y plantas, la cuarta en el mundo. Los bosques y las selvas serán reducidos a pequeñas áreas naturales protegidas.
Una vez inaugurado el Tren Maya aumentará continuamente, a lo largo de muchas décadas, la inversión en infraestructura hotelera y de servicios tan explosivamente como ha sucedido en todas las zonas turísticas de México, como Acapulco, Puerto Vallarta, Los Cabos, Cancún, la Riviera Maya, entre otras. Se detonará un ciclón urbanizador que antes de 30 años dejará en la ruina ecológica, cultural, social, económica y política a la Península de Yucatán, y gran parte de los territorios de Tabasco y Chiapas.
La historia de los terrenos de Cancún y la Riviera Maya, y su desastre ecológico desde su primera urbanización, se replica y extiende desde hace algunos años en la Península.
El Tren Maya vendrá a acelerar la desaparición de la una de las principales riquezas de México: la diversidad biológica y cultural de sus territorios, el mejor legado que podemos dejar a las generaciones futuras.
Se destruirán riquezas que no tienen precio, inconmensurables, por migajas económicas de corto plazo. Este daño no podrá ser reducido o minimizado por medida alguna: los financieros, los economistas y los empresarios se encargarán de que así sean las cosas en este caso.
El Tren Maya significa vender nuestra gran herencia cultural y ecológica del Sureste por un plato de lentejas.
Excesivo e imposible de reducir, el daño ecológico y cultural del Tren Maya
* Miguel Valencia Mulkay. ECOMUNIDADES Red Ecologista Autónoma de la Cuenca de México.
Blog: http://red-ecomunidades.blogspot.com/
Blog: Decrecimiento-Descrecimiento México: https://descrecimientomexico.blogspot.com/ <>