(Por José Gil Olmos)

El EZLN, en su 25 aniversario. Foto: Isaín Mandujano.
Proceso, Ciudad de México, 2 de enero de 2019.- (apro).- Este primero de enero el Ejército Zapatista de Liberación Nacional cumplió 25 años de haberse dado a conocer públicamente, aunque en realidad tiene 50 años como grupo guerrillero, cuyo origen son las Fuerzas de Liberación Nacional creadas en 1969 por los hermanos regiomontanos César y Fernando Yáñez Muñoz.
Como lo ha hecho desde entonces, cada fin de año celebran en las comunidades de bases de Chiapas un aniversario más, y en esta ocasión lo hicieron en el poblado tojolabal de Guadalupe Tepeyac, que por muchos años ha sido uno de sus principales enclaves guerrilleros.
Y para no variar, las palabras del subcomandante Marcos, hoy Galeano, provocaron disonancia en las esferas del poder.
En esta ocasión porque anunciaron que no permitirán que por las tierras chiapanecas pase el proyecto lanzado por el presidente Andrés Manuel López Obrador de la construcción del Tren Maya.
Desde hace un cuarto de siglo esta agrupación armada ha vivido momentos importantes que se han presentado de manera paralela a la vida del país, que ha sufrido una serie de acontecimientos sustanciales en los cuales el EZLN ha sido actor activo o presencial.
Quizá las nuevas generaciones no tomen en cuenta la trascendencia del movimiento indígena zapatista y lo consideren intrascendente, anticuado e incluso algunos se aventuren a decir que no sirvió de nada porque fue un “invento” del presidente Carlos Salinas de Gortari, lo cual, de ser cierto, sería ridículo porque habría sido un suicidio político para sus ambiciones transexenales.
Pero desde que se dieron a conocer públicamente hasta la fecha, suman más de 500 eventos en la vida nacional en los cuales los zapatistas han tenido una incidencia directa o indirecta.
Por ejemplo. En 1994, México cuando inició el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, con la promesa del presidente Carlos Salinas de que entraríamos al primer mundo, los zapatistas desnudaron la realidad de un país con problemas seculares de pobreza y marginación.
También ese año de elección presidencial, en marzo, ocurrió el magnicidio del candidato del PRI, Luis Donaldo Colosio; en septiembre, el asesinato del líder priista José Francisco Ruiz Massieu.
Y a finales de año, con Ernesto Zedillo como presidente, sucedió el crack financiero conocido como el “efecto tequila”, que hundió al país en una severa crisis.
Los zapatistas trascendieron estas crisis estructurales y aún mantenida la declaración de guerra al Estado mexicano, a partir de ese año, tomaron el camino de la política haciendo una serie de movilizaciones en todo el país con propuestas a la sociedad civil para organizarse:
La Convención Nacional Democrática, el Movimiento de Liberación Nacional, el Frente Zapatista de Liberación Nacional y el Congreso Nacional Indígena.
La lucha por la autonomía y el autogobierno de los zapatistas ha tenido resultados concretos en Chiapas, donde hay zonas en las cuales ellos gobiernan con sus propias leyes e instituciones como las Juntas de Buen Gobierno.
Ahí no entran ningún partido político y tampoco acciones de los gobiernos municipal, estatal o federal. De hecho, en territorio zapatista no hay campañas electorales y sus representantes de gobierno autónomo son elegidos en asambleas.
Algo similar ocurre también en la comunidad indígena de Cherán en Michoacán y en los pueblos de Guerrero que integran la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias – Policía Comunitaria (CRAC-PC).
En 1996 los zapatistas chiapanecos lograron que el gobierno reconociera los derechos y cultura de los pueblos indígenas.
Sin embargo, fue en 2001, luego de que la dirigencia zapatista encabezada por el subcomandante Marcos realizara una gira en todo el país y subiera a la tribuna de la Cámara de Diputados, que los derechos indígenas fueron reconocidos en la Constitución.
No obstante, queda aún pendiente y este gobierno de Andrés Manuel López Obrador podría retomarlo, el reconocimiento constitucional de los pueblos indígenas como sujetos de derecho público.
Una buena parte de la narrativa del zapatismo, y en especial del subcomandante Marcos, ha sido contra el sistema de partidos por los altos grados de corrupción que contienen y la falta de representatividad social.
Desde 1994 los zapatistas impidieron las campañas y las elecciones en sus territorios, aunque en 2018 cambiaron de idea e impulsaron a la indígena nahua Marichuy como candidata independiente.
Ahora ya no es aquel grupo guerrillero que con las armas en las manos se alió con los pueblos indígenas para transformar al país.
Hoy es el movimiento social indígena que va en la misma corriente latinoamericana de pueblos originarios que defienden sus territorios de los grupos políticos aliados a las trasnacionales mineras…
Eólicas, petroleras y del crimen organizado que amenazan con despojarlos de sus tierras. De ahí que se opongan a la construcción del Tren Maya.
Como dice el sociólogo francés Ivon Le Bot: el zapatismo es una antiguerrilla, que se alejó de la lucha armada tradicional, pero está en medio de ser un grupo armado y un movimiento social.
Hoy es uno de los movimientos sociales indígenas de mayor influencia en los grupos antisistémicos del mundo y en las organizaciones y pueblos indígenas de México y América Latina, y seguramente será un actor activo en este gobierno de Andrés Manuel López Obrador.
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