(Por Ximena Torres Cautivo / fotografías de Mauricio Ascencio)

Recibido de Arysteides Turpana, intelectual, escritor y poeta, corresponsal de Prensa Indígena.org – 7 de diciembre de 2018.- Partió como defensora de los derechos humanos en 1974, hoy es una curiosa mezcla de evangelizadora católica, feminista, defensora de la lucha pacífica por los derechos del pueblo mapuche y una voz conciliadora en medio de un paisaje enrarecido con sones de guerra.
Cree en Alfredo Moreno y afirma que Camilo Catrillanca es un muerto más de una larga cadena. “A una la acusan de cristianizada, de occidentalizada, de europeizada, pero me da lo mismo. Yo tengo un lenguaje conciliador.
No le digo a la Iglesia Católica: ‘Ustedes nos doblegaron’, no les digo a los empresarios: ‘Ustedes nos robaron’” -explica Isolde Reuque Paillalef (64), la Rigoberta Menchú chilena, como la han llamado algunos, comparándola con la Premio Nobel de la Paz 1992, líder indígena guatemalteca.
Moderna y tecnológica, nos habla vía Skype desde las instalaciones del Obispado de Temuco, donde trabaja part time como encargada de la Pastoral Mapuche. Dotada de un hablar que corre prístino e inagotable como un torrente en medio de un bosque nativo, deja fluir su discurso a través del éter:
“Yo no soy belicosa; explico hechos, como, por ejemplo, que a nosotros nos repartían seis hectáreas, mientras a los colonos no mapuche les daban 50 de un territorio que, además, era nuestro.
Yo creo que el camino es el diálogo, pero eso no impide que también critique al Estado, que ha violado sistemáticamente cientos de acuerdos y tratados. La tormenta actual es consecuencia de promesas incumplidas desde atrás.
De todos los gobiernos, incluyendo la dictadura de Pinochet. Nos han arrebatado las tierras y nunca han tenido la voluntad política de entender que chilenos y mapuches somos pueblos distintos”.
Su mensaje firme pero conciliador y pragmático resulta un bálsamo en una región que parece en abierto pie de guerra tras la muerte del comunero de Temucuicui, Camilo Catrillanca. “El caso Catrillanca es uno más de una larga lista, de lo que ha sucedido históricamente.
Es lo que ha padecido el pueblo mapuche desde que Chile es Chile. Conozco a la familia Catrillanca del año 78 y tengo comunicación con ellos. Sé que Marcelo Catrillanca fue al Congreso, que están pasando la pena como comunidad.
Todos han solidarizado con ellos, tal como lo hicieron cuando Celestino Córdova hizo huelga de hambre. Con estos hechos se produce un sentimiento, que no es bueno, que nos desenfoca de la respuesta que necesitamos los mapuches como pueblo.
Los Catrillanca no son los únicos que están sufriendo. ¿Cuántos más tendrán que morir para que el Estado de Chile se dé cuenta de que tiene una deuda. La gente no quiere un muerto más”.
¿Y cómo están los ánimos por allá?
El clima en la región está tenso, sensación ambiente que los medios de comunicación profundizan y que tiene mucho que ver con la militarización del territorio. Lo del Comando Jungla, o como se llame, no es nuevo.
Este aparataje armado tiene mucho tiempo acá, no es de ahora. Hace como cinco años llegaron contingentes de carabineros a Pidima, donde había un internado y hoy tienen ahí una instalación fantástica, además de camiones, vehículos poderosos y hasta helicópteros.
No es que una no pueda salir a la calle, moverse por el campo o vivir sin miedo. Yo ando por toda la Novena Región, entro a Temucuicui y todo se ve normal, pero la presencia permanente de Carabineros, que nos estén vigilando y nos tilden de terroristas, llama a la violencia.
¿Crees que serviría que ese contingente no estuviera en la zona?
Sí, las cosas estarían mejores, porque militarizar la región no es la forma de enfrentar el problema. Acá lo que está de fondo es desconocimiento, abuso de autoridad del Estado, en todos los gobiernos, sin excepción.
Ninguno ha sabido resolver la demanda de tierras, la pobreza, la necesidad de reconocimiento, que no significa crear otro país dentro de otro país, sino respeto y comprensión de cómo somos.
¿Qué piensas del Plan Araucanía del ministro Alfredo Moreno?
Creo que Alfredo Moreno es el más simpático de este gobierno. Se ha dado el tiempo de sentarse con todos aquí, aunque algunos luego desconozcan la conversación.
Fíjate que me parece que es tan bueno y verdaderamente interesado en arreglar las cosas acá… que a veces hasta desconfío de que sea cierto. Ojalá logre hacer lo que quiere hacer.
Católica, apostólica y mapuche, está convencida de que un poderoso aliado para resolver los problemas de la Araucanía es la Iglesia Católica.
Dice que le está por llegar el libro publicado hace menos de un mes por los curas de la comunidad jesuita de Tirúa, pueblo costero de la provincia de Arauco; que tiene mucho interés en leerlo.
El texto se llama Los mitos chilenos sobre el pueblo mapuche y busca conectar la experiencia de vida en Wallmapu de los sacerdotes con una reflexión histórica y política sobre el trato prejuicioso que les damos los chilenos a los mapuches.
Destaca a “don Sergio Contreras, obispo emérito de Temuco, porque tuvo la valentía de arrodillarse y pedir perdón público al pueblo mapuche”.
También a “don Manuel Camilo Vial, quien sacó esa idea de un nuevo trato con los pueblos indígenas y sostuvo que desde el río Cautín hasta el río Renaico debíamos vivir bien, en justicia y en equilibrio, diciéndonos las cosas con transparencia.
Yo creo en eso. El papel mío es conversar con la gente y decirles a todos que hay esperanza, que, buscando el diálogo, podemos salir adelante.
Mi impresión es que los mapuches católicos son minoría frente al arraigo de las distintas iglesias evangélicas entre el pueblo mapuche.
Yo digo que la Iglesia Católica es un aliado potente para solucionar los problemas en la Araucanía. A diferencia de otras líneas religiosas, el catolicismo hoy respeta nuestra espiritualidad. No nos dice que nuestros ritos son paganos, como hacen los evangélicos.
Incorpora el rehue, el nguillatún, el we tripantu y otros conceptos nuestros, como el Günechen, con respeto. No los desprecia ni prohíbe. Acá han llegado todos, desde los mormones, pasando por los Testigos de Jehová, hasta los Bahai.
Y a todos se les deja entrar, porque los mapuches somos acogedores. Al que pide agua se le da agua; al más simpático, agua con harina tostada; al todavía más cálido, mate con tortilla y huevo. Así recibimos aquí al forastero.
<>Por un chuico de aguardiente.
Isolde, ¿son machistas los mapuches? -preguntamos.
Ximena, ¿son machistas los chilenos? -nos responde, soltando su característica risa de trutruca, de cultrún, de pifilca, una carcajada sorprendente, un estruendo armonioso de sonidos distintos, que nos traslada a Pitrufquén, donde nació y creció.
Isolde es reidora y dueña de una inteligencia rápida con que pone al interlocutor chileno en su lugar a la hora de derribar prejuicios. “Hace años, escribí un libro para Indap sobre hombres versus mujeres en el mundo mapuche, algo sobre participación de las mujeres, le llamamos, no hablamos de machismo. Pero, claro, mientras los hombres preparan los bueyes y salen a arar y se pasan en eso todo el día, las mujeres hacemos más de 10 tareas simultáneas. Es una multiplicidad de faenas las que cumplimos en el campo, muchas muy duras.
¿Los hombres son flojos? Quizás. ¿Se curan? Efectivamente, lo hacen. Van al pueblo, muchas veces sin desayuno, se curan con poco y se vuelven agresivos. Distinto es el trato que tienen hoy con sus mujeres en la casa, porque nosotras nos hemos vuelto más quisquillosas.
Antes los loncos podían tener cinco, siete esposas y a cada una le tenían su ruca. Hoy eso se ha terminado.
Me acuerdo de José Santos Millao Palacios, un dirigente mapuche que tiene como 20 hijos con distintas mujeres, incluyendo una aymara con la que se relacionó cuando estuvo relegado en el altiplano en los años de la dictadura. Casos como ese ya no se ven, menos mal”.
Respecto del alcoholismo, afirma: “Hace varios años hicimos un estudio en Carahue y Cholchol sobre el tema. Entonces había gente botada de borracha en las calles de los pueblos. Hoy eso no se ve.
Agravan nuestra mala fama los chistes negros que nosotros mismos hacemos cuando decimos que perdimos nuestras tierras a cambio de un chuico de aguardiente.
No es que ahora no se tome trago en las fiestas, pero las cosas han cambiado, tal como hoy los hombres no les pegan a las mujeres como hacían antes por la razón que fuera, igual que a los niños. Una vez un misionero me preguntó: ‘¿Sabes por qué los mapuches tienen tanto hijos?’.
‘Los usan como estacas’, eso dijo. A mí me dolió, me ofendió, pero después entendí: en un mundo sin cercos, los hijos servían para no perder a los animales, para poner los límites al terreno y cuidar que no se fueran”.
Hace años, en 1999, reporteando el conflicto, en el mismo obispado desde donde hoy habla Isolde, una autoridad eclesiástica nos dijo que el clima beligerante en la Araucanía provenía de las universidades.
Donde estaba incubándose un movimiento de jóvenes intelectuales mapuches muy fundamentalista en sus reivindicaciones.
“Tras cursar una precaria enseñanza básica en una escuela unidocente y seguir estudios medios con un esfuerzo titánico, tanto en lo económico como en lo que significa dejar su casa, su comunidad e insertarse en un medio que lo rechaza, es comprensible que el primer despertar de conciencia de un joven mapuche sea de rebeldía.
En la universidad se produce una reacción donde se mezclan el orgullo de haber llegado con el resentimiento de lo difícil que fue. Y es complicado cuando se confunde conciencia con resentimiento.
De esto, pueden surgir malos líderes, gente que puede provocar mucho daño”, nos explicaron entonces y ahora le planteamos esta tesis a Isolde.
Ella sostiene: “Ese es un proceso que los jóvenes mapuches tienen que vivir y que yo también viví.
Durante la enseñanza básica y media no percibí ninguna discriminación, pero al entrar al instituto o a la universidad, a la educación superior, al mundo del trabajo, el golpe discriminatorio es fuerte, es hemorrágico.
Yo lo sentí así. Las universidades chilenas intentan desmapuchizar a los estudiantes mapuches. Les enseñan todo, menos nuestra cultura. ‘Háblame en humano’, me decían cuando yo me expresaba en mapudungún.
Por otro lado, los dirigentes pelan a los anteriores y dicen que no habían hecho nada y así. La verdad es que se hace lo que se puede. Y la falta de resultados genera dolor, resentimiento, como que se te acaba el camino”.
<>Ojo con la india.
¿Y cómo se encuentra el camino? ¿Cómo lo lograste tú?
Conociendo, saliendo al mundo, viendo lo que se ha hecho en otros países. He conocido las experiencias de Estados Unidos, Canadá, Australia con sus pueblos originarios, y yendo más cerca he visto lo que han hecho en Perú.
Eso me ha servido para descubrir que no estamos solos. De todas esas experiencias, tomé la participación activa no violenta, en que nadie muere, como camino para recuperar nuestros derechos, nuestra tierra, conservar nuestra identidad y vivir en paz.
Falta mucho por avanzar, dice, porque “la discriminación en los chilenos va por dentro, pero a mí me entra por una oreja y me sale por la otra. El otro día pasé a la farmacia con mi chamal y mis atavíos mapuches, y me atendieron altiro, nada que ver con cuando ando como chilena.
Ni fila me hicieron hacer. ¿Por qué? Por temor a que la india se llevara algo debajo del poncho. Ese tipo de discriminaciones una las percibe a diario”.
Pero cree que ha habido progresos. “Hoy son muchos los que se atreven a decir con orgullo: ‘Soy mapuche’. Hoy estamos en todas partes, pese a que la historia ha querido borrarnos”.
En 1974, tiempo difíciles, Isolde empezó su andadura de activista por los derechos humanos que la ha llevado a conocer a tres Papas -Wojtyla, Ratzinger y Bergoglio- y una infinidad de países.
Además de ser nombrada en 2006 agregada laboral de Chile en Bolivia, convirtiéndose en la segunda mujer de su etnia en ocupar un puesto diplomático. Todo sin más estudios que los que le ha dado “la universidad de la vida”, como dice. Partió muy joven y con una hija.
En el libro “Una flor que renace: autobiografía de una dirigente mapuche”, donde es entrevistada por la historiadora estadounidense nacida en Chile Florencia Mallon ambas reconstruyen su historia, leemos:
“Ser madre soltera la había marcado profundamente y creo que, a la larga, la ayudó a forjar su conciencia de ser diferente, de estar nadando contra la corriente.
Al elegir volverse madre y no aceptar la oferta de adopción que se le presentó, confirmó para ella misma su propia independencia y su valor para enfrentarse al mundo”.

Y otra conclusión interesante: “Su experiencia de madre soltera resultó siendo central en su compromiso con el feminismo”.
Isolde hoy viene de vuelta. Tiene pareja desde los años 80, aunque su relación es puertas afuera. “Vivimos un tiempo juntos. Él sacó su título de Contabilidad y tiene otra forma de ver las cosas.
Esto de ser franca, transparente, de no aceptar coimas de nadie, me vuelve un personaje difícil. Él quisiera que no fuera tan bisagra, que no tuviera un trabajo tan intenso, pero al final uno tiene que dar testimonio y eso es lo que hago”.
http://www.paula.cl/reportajes-y-entrevistas/mari-mari-isolde-reuque/ <>