(Pikara Magazine)

 

Ilustraciones de Amelia Celaya.

 

Recibido de Javier Arjona, internacionalista, corresponsal de Prensa Indígena.org - 25 de agosto de 2018.- De mujeres que resisten, de mujeres rebeldes Ficciones. Este cuento ilustrado por Amelia Celaya y escrito por Eduardo Romero (edita Cambalache) aporta una narrativa contextualizada y respetuosa sobre los procesos migratorios y las violencias que enfrentan las mujeres migradas en situación de prostitución.

 

Para nosotras es un regalo poder compartirlo en Pikara.

 

I

 

Desde el tren que circula entre Madrid y Oviedo aún se puede disfrutar, entre túneles, de la montaña que precede al final del viaje...

 

La urgente necesidad de ir cada vez más rápido nos privará en breve de este trayecto: la variante de Pajares agujerea definitivamente las montañas para dejarlas atrás en un breve cuarto de hora a lomos de un Tren de Alta Velocidad.

 

Hoy, sin embargo, el viaje entre Madrid y Oviedo dura todavía cuatro horas y media. El tren ha salido a las once de la mañana. En contraste con la habitual placidez del trayecto –gente leyendo, tecleando, dormitando–, la mañana en este tren es particularmente escandalosa.

 

En la cafetería, casi siempre silenciosa y semivacía, media docena de jóvenes, todos ellos vestidos de blanco y ataviados con unos tirantes rojos, engullen las primeras copas de una jornada que se prevé muy larga. La camaradería entre ellos se acrecienta al tiempo que el alcohol se va acumulando.

 

Las canciones, estridentes, comienzan a aflorar a medida que discurre el viaje, y las conversaciones, íntimas pero a voces, son necesariamente escuchadas por cualquier persona que permanece en el bar.
—Cuéntamelo, tío, que por algo somos amigos. Te la estás follando, ¿a qué sí? Y te gusta de verdad. Venga, dímelo –vocifera en el oído de su amigo, al que tiene medio abrazado, mientras acompaña sus preguntas con movimientos pélvicos.

 

—Déjame, déjame, que no sé qué hacer.

 

—Venga, tío, te las estás follando a las dos. Eres un grande. –Ahora ya le abraza completamente.

 

La conversación queda interrumpida por una nueva canción. Los jóvenes giran sobre sí mismos, con las copas alzadas:

 

Ay, qué ricas comiditas que me hacías

 

Ay, qué guapa eras cuando te conocí

 

Ese lunarcito que tenías en la cara

 

Ha criado pelos, ay, cómo pincha el cabrón

 

Te casaste, la cagaste…

 

I I

 

 

Al lado de la cama se arrugan un pantalón y una camisa que, si alguna vez fueron blancos, ahora lo disimulan bien, entre marcas de pisadas y restos de vómito. Sobre ellos, un par de tirantes de color rojo.

 

El tipo que yace sobre la cama no se ha movido desde que, al amanecer, Hope logró que entrara a trompicones por la puerta de la habitación y le empujó hacia la cama sin que se cayera al suelo.

 

Antes de que impregnase del todo las sábanas con su ropa, ella misma se la fue quitando y tirándola a un lado.

 

Sentada en una silla, trata de dormir un poco. Ve al tipo frente a ella y recuerda la escena de la noche anterior. La pandilla de jóvenes se comportó, más o menos, como es la costumbre. Cinco de ellos enseguida dejaron claro que no se follarían a la negra.

 

El sexto, en cambio, no quería saber nada de ninguna de las otras mujeres del club y solamente quería joderla a ella.

 

Hope estaba especialmente tranquila. Sabía por experiencia que aguantarían aún tres o cuatro rondas de copas, suficientes para ganarse un dinero y garantizar que esa noche el trabajo se acabaría acostando a un saco.

 

I I I

 

A miles de kilómetros de distancia, en la región del Delta del Níger –los antiguos Oil Rivers, ríos de aceite del colonialismo británico–, una mujer saca las manos de lo que debería ser su tierra, pero sus dedos se elevan impregnados de un fango negro y grasiento.

 

Ha caminado durante horas en busca de agua potable, pisando sobre el entramado de tuberías que transportan el petróleo. Ahora se encuentra con que los vertidos han acabado con uno de los últimos pozos a los que tenía acceso.

 

La abuela de esta mujer bien podría haber sido la abuela de Hope. Rodeada de niñas y niños, apretujados a su alrededor, sus palabras pintaban un puñado de ríos de aguas cristalinas, rebosantes de una gran variedad de peces.

 

Cantaba también a la tierra y a su abundante alimento. Pero en los relatos de la abuela –piensa la mujer mientras mira sus manos petroleadas– se colaban también historias terribles, historias que anticipaban esta maldición.

 

I V

 

 

A pocos kilómetros del club, una niña se despierta y se asoma a los recuerdos de su casa, una casa en la que nunca ha estado:

 

¿Sabes que en Naiyiria hay una playa con una gran cascada?

 

Sí y muchos marrones como mamá y yo. Mañana voy a ir con mi mamá a Naiyiria puedes venir con nosotras si quieres pero hay muchos marrones y vivimos en una casa de paja porque en Naiyiria hace mucho mucho calor y por eso nos tenemos que duchar con agua fría.

 

La abuela Amnnawon no se quiere morir y todavía tiene dientes y el abuelo sí se murió porque bebió un agua que tenía el veneno de una serpiente.

 

Esa mañana, Hope se despierta sobresaltada por la bella imagen de unos manglares ardiendo a su alrededor, y pugna contra sus recuerdos.

 

En ese momento, tres mujeres corren a ocultarse entre esos mismos manglares. A su espalda se eleva el humo del oleoducto que acaban de reventar.

 

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