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(Por Ernesto Morales Licea)

Un anuncio con la imagen de Raúl Castro en La Habana. Foto: AP / Desmond Boylan.
Miami, 18 de abril (apro).- Se tomaron el primer mojito de la paz en 53 años, quizás preparado con el Bacardí de una orilla y el azúcar de la otra, sin saber que esa paz era más frágil que el tallo de yerbabuena que les decoraba el trago.
Ellos, Barack Obama y Raúl Castro, brindaron en 2014 por un deshielo diplomático que sepultara el cadáver de la Guerra Fría que de algún modo sus gobiernos sostenían contra la voluntad de sus pueblos.
Pero olvidaron que la ambiciosa reconciliación tendría dos enemigos en común: la democracia electoral en suelo de Lincoln y la biología disfrazada de proceso electoral en suelo de Martí.
Este miércoles 18, los diputados cubanos nominaron formalmente a Miguel Díaz-Canel para suceder a Raúl Castro, quien cedería el asiento presidencial al primer mandatario de la isla desde 1959 que no lleva consigo el apellido Castro.
Con ello quizá se eche losa y cemento encima a un acuerdo que prometía convertirse en uno de los acontecimientos sociopolíticos más relevantes del hemisferio en lo que va del siglo.
El secreto peor guardado del mundo es quién será el sucesor de Raúl. Miguel Díaz-Canel, un ingeniero de meteórica carrera política en Cuba, tiene todas las cartas para erigirse presidente de una isla a medio camino entre el rancio conservadurismo fidelista y los parques con internet WiFi donde los millennials cubanos acuerdan por Facebook la próxima vía para emigrar.
Al otro lado de la mesa, Donald Trump, un presidente de quien Cuba puede lo mismo esperar buques cruceros que misiles crucero. Todo depende de la infusión que se beba esa mañana en su Washington invernal.
Para los nostálgicos del deshielo entre Estados Unidos y Cuba, los que miraron aquel anuncio simultáneo el 17 de diciembre de 2014 y quisieron ver en él una ofrenda al San Lázaro venerado por los cubanos.
Quizás la pregunta más compleja y dolorosa es qué quedará de ese intento de futuro cuando el presente haya barrido con los dos presidentes que se estrecharon las manos y se bebieron hace cuatro años el mojito de la paz.
<>El “cabo” Cason.
Cuando James Cason se acerca a un grupo de cubanos en Miami suelta a modo de saludo una interjección que ha ensayado durante años: “¡Cachán…!”. Nunca falla: las carcajadas le confirman que el chiste surte efecto.
El exdiplomático estadunidense se presenta de la misma forma que lo hacía el “Cabo Casón”, el diminuto personaje animado inspirado en él mismo, cuyas historietas políticas transmitía varias veces por día la televisión cubana cuando él era jefe de la Sección de Intereses de Washington en La Habana.
“Casos y Cosas del Cabo Casón es mi medalla de guerra contra Fidel Castro. Un regalo que nunca tendré cómo agradecerles a los comunistas cubanos”, confiesa James Cason.
Cason mandó en la sección consular estadunidense en Cuba entre 2002 y 2005, durante la presidencia de George W. Bush.
Ningún otro jefe de diplomacia de estados Unidos en la isla fue más abiertamente desafiante con el gobierno cubano, y con Fidel Castro en especial. El grado ficticio de “cabo” se lo dio el propio Castro como mote despectivo.
Cason estableció una rutina de visitas personales y fraternidad con la oposición cubana como nadie antes que él, desarrolló proyectos disidentes para jóvenes cubanos descontentos, y mandó colgar una moderna pantalla electrónica en el último piso de la sección consular, junto al malecón habanero, donde se proyectaban mensajes pro-derechos humanos y anticomunistas las 24 horas del día.
“Si el gobierno cubano no hubiera sido tan prepotente, estos últimos cuatro años podrían haber sido su gran salvación”, afirma James Cason, hoy alcalde de Coral Gables, en Miami.
“Barack Obama les tendió una mano que no merecían. Estados Unidos se convirtió en el “sugar daddy” de los cubanos. ¿Cómo les devolvieron el detalle? Provocando un incidente diplomático grave, espantoso, que dañó cerebral y auditivamente a más de 20 de nuestros funcionarios.
“Mi crítica hacia esa apertura de la Casa Blanca con La Habana –prosigue– estuvo sustentada en que un actor internacional como Estados Unidos no puede estrechar las manos con una dictadura familiar de 60 años, sin arrebatarles concesiones importantes, de peso, a cambio de ese acercamiento.
“Precisamente esa falta de visión de futuro por parte de Barack Obama es lo que nos lleva a la situación actual: cambiará de nombre la dirección de Cuba, no estará un Castro al menos de forma pública, pero ¿qué ha pasado de relevante en el país desde que se reestableció el vínculo diplomático con Estados Unidos? Nada.
En Cuba sigue habiendo un solo partido, sigue siendo ilegal ejercer la oposición pacífica, siguen siendo los mismos los dueños de todo, ¿qué logró verdaderamente la bondad de Obama?
“Las conversaciones entre Washington y La Habana tuvieron un único enfoque: reanudar los lazos diplomáticos con un país que nunca dejó de ejercer las prácticas totalitarias por las que Washington cortó esos mismos lazos décadas atrás.
No hubo una hoja de ruta verdadera, no hubo un listado de exigencias que marcaran pautas verdaderas. Fue humo político lo que se vendió como un acuerdo histórico.
“Quizás Raúl Castro y Barack Obama engañaron a los cubanos de dentro, poco informados y altamente manipulados, y quizás engañaron a una parte de la comunidad internacional que celebró todo esto como un acontecimiento colosal. Pero no a mí”, dice James Cason.
En su escritorio, un muñequito del “Cabo Casón” mandado a hacer por él mismo le sirve de pisapapeles y de reliquia de decoración.
“Joe”, enemigo en las dos orillas
Joe García nació en Miami Beach, pero como todos los hijos de cubanos emigrados a Estados Unidos, si le preguntan por su nacionalidad, su primer impulso siempre es responder que cubano.
“Es algo muy extraño: entre los gringos nos tratan como cubanos, entre los cubanos nos tratan como gringos”, cuenta Joe, de 54 años, mientras exprime el humo a un puro cubano, alternándolo con el café de una pastelería –también cubana– en Miami Beach.
Su nombre despierta suspicacias en la comunidad donde ha vivido toda su vida. Para el exilio histórico de Miami, Joe García es un agente de influencia del gobierno de los Castro.
Él sonríe, divertido. Está acostumbrado.
“En algún momento, hace años, dejé de intentar agradar a ese sector. Dejé de recordarles que yo presidí la Fundación Nacional Cubano Americana, el gran ogro para el gobierno de los Castro.
Al final ellos se sienten bien llamándome comunista. Es bueno que sean felices, la constitución estadunidense les reconoce el derecho a buscar esa felicidad”, ironiza.
La FNCA (Fundación Nacional Cubano Americana) es la principal organización política del exilio cubano en Miami. La Habana la cataloga, literalmente, como un nido de terroristas.
Fue fundada en 1981 por Jorge Mas Canosa, un icono del anticastrismo cubanoamericano que antes de morir en 1997 estrechó lazos políticos y amistosos con el joven Juan Antonio “Joe” García.
En 2009 Joe García fue nombrado por Barack Obama subsecretario del Departamento de Energía de su administración. Tres años después, en 2012, ganó como demócrata el escaño para representar al distrito 26 del sur de la Florida en el Congreso de Estados Unidos.
“Yo traje a Obama a Miami. Tenemos fotos juntos en el restaurante Versailles, cuando nadie daba un centavo por su postulación como aspirante presidencial. Yo vi desde el principio el potencial indetenible que tenía aquel joven senador de Chicago”, dice hoy García.
Ese es el estigma que no le perdona el anticastrismo radical. Para el sector más fiero contra el gobierno cubano, Barack Obama tiene solo un calificativo bien ganado: traidor.
Cuando en 2014 Barack Obama y Raúl Castro abrieron embajadas en las dos capitales y se cambiaron tres espías cubanos convictos en suelo americano por Alan Gross, un contratista preso en Cuba por distribuir equipos satelitales prohibidos en la isla, el exilio histórico de Miami sintió que era la estocada final a sus aspiraciones de doblegar a la dictadura cubana.
“La política de Obama hacia Cuba ha sido acusada de dócil, de no presionar lo suficiente o no sacarle demasiado en esa negociación –admite García–. Siempre me pareció un disparate ese enfoque.
¿Qué tiene Cuba que pueda interesarle a Estados Unidos? Absolutamente nada, salvo influencia en América Latina.
“El primer gran objetivo era que regresáramos a Cuba. Que Estados Unidos volviera a tener su embajada en el malecón habanero, que estuviera nuestra bandera allí. ¿Cómo pretendes influir en una sociedad donde no tienes presencia?
“El segundo gran objetivo era mejorar las relaciones de Estados Unidos con América Latina, un área donde en el pasado se cometieron demasiados errores.
Y ese objetivo pasaba, entre otras cosas, por normalizar unas relaciones con Cuba, un país con el que queramos o no tenemos un vínculo histórico, geográfico y demográfico enorme y que también, queramos o no, ejerce una influencia enorme en el área”.
Solo la aversión contra John F. Kennedy –a quien los exiliados cubanos no perdonan que se desentendiera de la invasión a Bahía de Cochinos en 1961– es comparable a la que despertó en esta comunidad Barack Obama al exhibirse, simbólicamente, junto a Raúl Castro en un partido de béisbol en La Habana.
Joe García fue en gran parte responsable de la política que desembocó en esa postal beisbolera.
“Si a la natural imprevisibilidad de la estructura de poder de Cuba le agregamos ahora algo insólito, y es que la presidencia de Estados Unidos está en manos de los caprichos de un hombre que gobierna basado en la sorpresa, se vuelve una misión imposible tratar de adelantar por qué camino seguirán ahora las relaciones bilaterales que comenzaron a renacer hace apenas cuatro años”, se lamenta Joe.
“Yo recuerdo que en algunas reuniones con los actores políticos que llevaban de la mano los encuentros con los enviados de Raúl Castro, siempre nos sorprendía la disposición real, comprobable, que tenía el gobierno de La Habana de llevar a buen puerto esta iniciativa de Barack Obama. Ellos querían echar a andar la maquinaria de reconciliación.
“¿En qué ha quedado todo eso ahora que no está Barack Obama y que se supone que el día 19 de abril tampoco esté Raúl Castro al frente del país? La política de Obama quedó en los hechos, en lo que se logró en tan poco tiempo.
“Más de un millón de estadunidenses viajaron a Cuba, más de medio millón de personas tienen hoy en Cuba empresas privadas que no pertenecen al mercado negro, sino a un mercado separado del gobierno cubano que se amplió con las políticas de Barack Obama para el sector de emprendedores cubanos.
“Si ese era el alcance al que aspiraba la administración, siempre la aspiración es mayor que la realidad. Este ‘dominó’ llevaba 60 años trancado y al menos Barack Obama tuvo el coraje de destrabarlo y echarlo a andar rumbo a un camino más sensato y más acorde con los intereses nacionales de Estados Unidos.
“Lo que es un disparate muy lamentable es que ahora, justo cuando sale del poder Raúl Castro y Estados Unidos debería estar muy involucrado en un país donde ya tenemos embajada y enormes intereses a largo plazo, estemos nuevamente en dirección contraria:
Alejándonos, enfriando los lazos. Desperdiciando oportunidades geopolíticas que quién sabe cuándo podamos recobrar.
“También para los intereses estadunidenses con respecto a la linda isla de Cuba, Donald Trump es una desgracia total”.
https://www.proceso.com.mx/530476/eu-cuba-autopsia-de-un-deshielo-sin-obama-ni-raul-castro <>