(Por Mathieu Magnaudeix)

SinPermiso, 11 de enero.- En Estados Unidos, un libro está sacudiendo la presidencia. Fire and Fury describe a un Gobierno caótico y a un presidente estúpido, que no ha leído un solo libro y sólo consume programas de televisión. La obra se centra especialmente en un mundo de telerrealidad, vacío, cínico y lamentable, donde la fama, el éxito y el dinero son las únicas brújulas.
Fire and Fury puede convertirse en el éxito del año. En Estados Unidos, el libro del periodista Michael Wolff, a la venta desde el 5 de enero, encabeza las listas de Amazon, va a lanzarse una nueva edición, ya no se encuentra en muchas librerías ni tampoco en internet.
Ya se trata de todo un fenómeno político; varias frases asesinas de Steve Bannon, el exasesor especial de Donald Trump, bastaron para que el presidente de Estados Unidos repudiase la ideología de extrema derecha que tuvo un papel crucial en la campaña.
Después Donald Trump quiso (en vano) prohibir la publicación del libro y se quejó de la «excesiva laxitud» de las leyes de EEUU contra la difamación: el colmo para este mentiroso en serie, presidente de un país donde la libertad de expresión queda recogida en la primera enmienda de la Constitución.
Donald Trump, al que se presenta en el libro como casi analfabeto, incompetente, limitado o idiota, salió al paso durante el fin de semana con una serie de tuits donde se vanagloria de ser un «tipo realmente inteligente», un «genio muy estable». Esta reacción demuestra por sí misma que el autor ha dado en el clavo.
El debate sobre la salud mental del presidente, abordado reiteradamente desde el comienzo del mandato, se ha reabierto con virulencia.
Más allá de las frases y de los hechos, el libro Fire and Fury [Fuego y furor], no es solo el relato de una Presidencia catastrófica donde bufones de primer orden se pasan el tiempo odiándose y fingiendo dirigir la primera potencia mundial. Lo más fascinante de la obra es su carácter de casi objeto cultural.
Este libro es un concentrado espeluznante de los aspectos más descerebrados que Estados Unidos puede esconder. En el mundo de Donald Trump, sólo importan la fama, la riqueza y la ilusión. Michael Wolff describe en su libro, con detalle, a los personajes y sus dramas.
El autor, fascinado por los poderosos, se movió en ese mundo. Hace unos años, Wolff llegó incluso a aparecer en el programa piloto de una emisión de telerrealidad producida por Trump. La emisión se llamaba Trump Town Girls y a ella acudían misses a vender sus casas; el programa nunca se emitió.
Pero por regalarle los oídos a Trump con crónicas empalagosas, el autor fue bien recibido en el ala Oeste de la Casa Blanca, el ala en la que reside el poder. Colaborador en Vanity Fair y en Hollywood Reporter, Wolff tiene fama de no prestar atención a los detalles.
En Fire and Fury aparecen nombres y detalles erróneos. Wolff reconoce que los relatos recabados son contradictorios o «abiertamente falsos», pero que su labor se limita a ofrecer las diferentes versiones de los hechos «para dejar que el lector juzgue».
Su acceso privilegiado a la Casa Blanca le permitió entrevistarse, asegura, con 200 personas durante meses. Entre el caos general reinante nunca le han retirado el permiso de entrada, acceso autorizado por el propio Trump.
Para escribir su historia, el taimado Wolff engañó al desconcertante jefe. Esta historia es la de un hombre de negocios que estaba tan convencido de que iba a perder las elecciones que rechazó invertir en su propia campaña.
Trump y todos los que le rodean nunca pensaron que ganarían. La campaña iba a ser sobre todo una publicidad enorme para la marca Trump.
Escribe Wolff: «Trump sería el hombre más célebre del mundo. Su hija Ivanka y su yerno Jared pasarían de ser unos niños ricos desconocidos a ser famosos y embajadores de la marca. Steve Bannon se convertiría de facto en el jefe del Tea Party. [
La asesora] Kellyanne Conwayne se convertiría en estrella de la tele». El general Mike Flynn, atrapado desde entonces por el caso ruso, no pensaba que sus relaciones pagadas con Rusia fueran a suponer un problema, ya que Trump le decía a sus amigos que iba a morder el polvo.
El hombre de negocios neoyorquino también es un antiguo héroe de la telerrealidad. Durante años, presentó, en la cadena NBC, el show The Apprentice, rodado en la Trump Tower de Nueva York y que siempre termina con la misma escena:
Un hombre coronado como majestad, convertido en modelo de hombre de negocios, tras un «You’re fired» (estás despedido), que termina por encumbrar a los candidatos al éxito.
En Fire and Fury, Trump aparece fascinado por la fama. «De manera astuta, Trump se ha convertido en la estrella de su propio realtiy show», escribe Wolff. «Hace suya una teoría que le serviría durante la campaña presidencial: no hay nada mayor que la fama. Ser célebre es ser amado o al menos halagado».
Trump habla de sí mismo en tercera persona. Se vanagloria de «ser la persona más conocida del mundo»; se enrabieta cuando diferentes personalidades rechazan acudir a su investidura.
Quiere estrellas que difundan su palabra (en vano porque personalidades conservadores próximas a él, como la locutora radiofónica Laura Ingraham o el presentado de Fox New Tucker Carlson, rechazan hacerlo).
En 2007, Donald Trump organizó un combate televisivo con otro "multimillonario". Diez años más tarde, utilizó el mismo vídeo reemplazando la cara de su oponente por un logotipo de CNN. Wolff lo compara con los luchadores del estilo de Hulk Hogan, esos mediohéroes tan americanos.
Como ellos es un «personaje de ficción en la vida real». Trump interpreta, sube y baja del escenario, como un actor.
«Este hombre no deja nunca de ser Trump», dice su antigua eminencia gris Steve Bannon. Su personaje, escribe Wolff, mezcla «la rabia» de los platós de televisión, el telepredicador, el coach, el bloguero de Youtube.
Un show sin principio ni fin, un torbellino infernal. No existe el verdadero Donald Trump. O más bien es justo el hombre que se encuentra en medio del escenario.
«¿Es Trump una buena persona, una persona inteligente y capaz?» Pregunta su excolaborador Sam Nunberg, apartado de la campaña por publicar mensajes racistas en Facebook. «No lo sé, pero sé que es una estrella».
Las mujeres de las que se vanagloriaba, en 2015, de «agarrar por el coño», no pueden ser otra cosa que trofeos. «Su única virtud política, es ser un macho alfa», se regocija Bannon, ideólogo racista, sexista y homófobo. «Quizás el último macho alfa. Un hombre de los 50, un personaje de Mad Men».
A Trump, escribe Wolff, «le gusta decir que una de las cosas que hace la vida digna de ser vivida es llevarse a la cama a las mujeres de sus amigos». El periodista pinta a un Trump retorcido, que engaña a sus amigos proponiéndoles ir de prostitutas mientras sus esposas escuchan al otro lado del teléfono.
<>El presidente televisado.
Trump es un bulímico de la televisión, que ve varias horas al día. «Es un post-letrado: nada más que la televisión». Ya no hay política, ahogada en una «ristra de acontecimientos» que se vanagloria de crear publicando tuits o confidencias, que de inmediato rebotan en las cadenas de televisión –consideradas, en ocasiones, cómplices a veces muy interesados–.
«Contraviniendo la lógica de la cultura y de los medios de comunicación, Donald Trump produce a diario un relato sorprendente que es inevitable seguir [...] Esta es la naturaleza radical y transformadora de la Presidencia Trump: atrae la atención de todos».
Donald Trump no lee nunca. «Ni siquiera echa un ojo a lo escrito. Si está en papel impreso, es como si no existiese». En su entorno, algunos hacen apuestas: ¿es medio-analfabeto?, ¿disléxico?, ¿víctima de un síndrome de desinterés pronunciado?
Las reuniones de los servicios de inteligencia le aburren. «Parece tener fobia por todo lo que requiere expresamente su atención», escribe Wolff.
Su antiguo hombre de confianza Sam Nunberd le cuenta a Wolff que no consiguió explicarle a Trump más de cuatro artículos de la Constitución. antes de que Trump lo dejase estar.
«Había ganado las presidenciales, pero su cerebro parecía incapaz de realizar las tareas básicas de su nuevo trabajo [de presidente]», escribe Wolff. «No era capaz de planificar, organizar, prestar atención y después cambiar de tema. [...] No podía establecer una relación causa efecto».
Trump funciona por «obsesiones». Según Wolff, ése es el «problema central» de su Presidencia: «No trata las informaciones de manera convencional. No las trata en absoluto».
Engreído, incapaz de ser «amable», «no escucha a nadie» pero si lo hace, el último que habla tiene razón. Wolff se sorprende casi: «Ya le puedes decir lo que quieras; sabe lo que sabe y si lo que le dices contradice lo que sabe, no se lo cree».
Trump venera el dinero que convierte, parece creer, a los hombres decalidad. En el libro de Wolff, los hombres de finanzas y las mayores fortunas están en todas partes.
Cuando tiene que nombrar a un jefe de gabinete, a un asesor ultraestratégico, piensa en el multimillonario Tom Barrack, jefe del fondo Colony Capital, que forma parte de «su gabinete informal de promotores inmobiliarios, lo mismo que Steven Roth o Richard Le Frak», y ha recuperado a su yerno Jared, también promotor.
«Dirigirá los negocios y Trump venderá el producto Make America Great Again», pero Barrack se negó: «Simplemente, soy demasiado rico». El exjefe del banco Goldman Sachs, Gary Cohen, se convierte en su mejor asesor económico, al que se une Dina Powell, exresponsable del mecenazgo del banco de negocios.
Trump lee el mundo con ojos de cazador de bonus. Repite: «He ganado. Soy el vencedor, no el perdedor». Trump ve el mundo como un negocio. Familiar, por supuesto. Después de su elección, la comentadora de ultraderecha Ann Coulter es la única que le dijo que no podía «contratar a sus hijos».
Va un paso más allá con su hija Ivanka, nombrada asesora especial; ya se ve en la Casa Blanca. Trump sigue supervisando de lejos los negocios de la Trump Organization, que ahora se encuentran en manos de sus hijos.
Trump se burla del conflicto de intereses. Piensa incluso, según Wolff, que fue «elegido no sólo, sino a causa de su conocimiento de los negocios, de sus contactos, su experiencia, su marca».
Como si la corrupción (los casinos en quiebra en Atlantic City, los negocios marrulleros en Nueva York, en Rusia o en Mar-a-Lago), que hubiesen podido resultar nefasta para los demás, le añadiese atractivo. «Después de todo, era su programa: haré por vosotros lo que un hombre de negocios tenaz haría por sí mismo».
Al final del libro, Bannon, descrito como el menos idiota de todos por haber leído «un libro o dos», vaticina que Trump ya está acabado.
Wolff le dice: «Hay un 33,3% de posibilidades de que la investigación del fiscal especial Mueller lleve a un impeachment, un 33,3% de posibilidades de que dimita [por su incapacidad] y un 33,3% que cojee hasta el final del mandato».
La familia Trump se encuentra, según Wolff, paralizada ante la posibilidad de que se revelen sus operaciones de blanqueo de dinero.
Una exparticipante de The Apprentice, la que fuera la única negra en la Casa Blanca, en el Estado mayor presidencial, acaba de dejar el puesto y amenaza con contar los horrores que ha escuchado. Otra mujer acusa a Trump de haberla agredido y lo ha llevado ante la Justicia.
En cuanto a los fieles al presidente, siguen celebrando la relación «mágica» de su héroe con sus electores. A no ser que el espectáculo empiece a cansar a algunos.
* Mathieu Magnaudeix. Periodista. Ha trabajado en la AFP y Libération antes de seguir la actualidad económica y social en Mediapart.
<>Fuente: https://www.mediapart.fr/es/journal/international/100118/fuego-y-furor-en-la-casa-blanca?onglet=full
<>Traducción: Mariola Moreno.
http://www.sinpermiso.info/textos/fuego-y-furor-en-la-casa-blanca <>