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(Por Angélica Blanco Ríos)

Foto: Jhon Acevedo.
Latinoamérica Exuberante, 17 de diciembre.- Ubicado a escasas tres horas de Bucaramanga y a 255 kilómetros de Bogotá, está Barichara, el pueblito más lindo de Colombia, denominado así en 1975, fecha en la que también se convirtió en Monumento Nacional y Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad, pero donde se vive hoy una historia distinta a la que ven sus visitantes.
Pues allí, sobre sus calles empedradas de colores tierra y en las edificaciones blancas que se levantan, aires de modernidad ya se sienten en los sectores en los que no debería ocurrir esto.
Según el Congreso de Colombia, los territorios declarados como patrimonio, deben conservar cada objeto, tumba, inmueble y superficie, como lo estipula la Ley 163. Es decir, deben permanecer intactos.
Es por eso que la otra cara de la moneda de este lugar la cuenta Henry Bohórquez Sosa, rector del Instituto Técnico Aquileo Parra, que lleva este nombre en honor al único presidente de Colombia que nació en Santander.
Y él, sentado frente al parque principal, que es amplio y fresco, explica que aunque Barichara se convirtió en un destino obligado, por ser una de las joyas del turismo para el nororiente colombiano, sufre las consecuencias del desarrollo económico que buscan las personas que llegan hasta allí.
“Este se ha convertido en un municipio expulsor de habitantes. Si bien acá no hubo violencia física, hay una grande en torno a las necesidades económicas. A mucho nativo lo expulsan, porque Barichara es un espejismo.
Es muy bonito el Monumento Nacional, pero los campos están llenos de hambre… No hay presencia del Estado en el campo y esto está cerca de ser un desierto”, dice Henry Bohórquez.
Uno de los argumentos por los que compara a este territorio con un desierto, es porque hoy, después de 50 años de lucha para que allí instale un alcantarillado, sus habitantes aún siguen a la espera de que este proyecto se dé.
Además, cuentan que hace más de una década, quienes tenían poder adquisitivo, llegaron a estas tierras, en las que se siente una temperatura promedio de 22 grados centígrados, con ánimos de conquista y desde entonces todo empezó a cambiar.
Para Fulgerman Ortíz, uno de los cerca de ocho mil pobladores que tiene Barichara, el municipio está en una situación que no solo le duele verla, sino la siente como suya.
Pues con el pasar de los años ha presenciado cómo sus amigos, familiares y conocidos, han abandonado estas tierras santandereanas, para buscar un futuro mejor o porque sencillamente la vida los dejó en la calle.
Foto: Jhon Acevedo.
“Hay un desplazamiento involuntario, porque yo vendo, me quedo sin nada y me tengo que ir. Y eso ha sucedido. La gente tiene que partir sin dinero y perdiendo las fincas que tenía.
Uno conoce vecinos que ha quedado de la noche a la mañana sin nada porque les compran las tierras baratas y los ilusionan”, detalla Ortíz, quien a sus 49 años pertenece a la Junta de Patrimonio, que sueña y trabaja por ver a este lugar como lo que fue:
Un tesoro arquitectónico, construido con tapia pisada y bahareque, con el detalle fino que hace de la provincia de Guanentá, algo único y de este pueblo en donde se siembra y nace el tabaco, algo mágico.
“Ahí hay una disyuntiva, porque actualmente conservar el cumplimiento y el valor patrimonial se está dando, pero para las personas que tienen dinero y que no requieren de un préstamo o subsidio para poder hacer su vivienda.
Mientras que un nativo o campesino, tiene que recurrir a alguna de estas opciones, que hoy no contemplan las normas de construcción en tapia, sino en materiales nuevos”.
Dice Santiago Rivero Bolaños, ingeniero civil, que con una maestría en arquitectura de tierras, conoce y ha estudiado el caso de Barichara y de los 17 municipios que pertenecen a la Red de Pueblos Patrimonio del país y que pasan por situaciones similares.
Pero Fulgerman, recuerda una ocasión en la que una de las personas nuevas que llegó, pasó una petición para que allí no se escuchara el sonar de las campanas de la iglesia, ubicada en el corazón del centro histórico y lo que para él y muchos de los ‘baricharas’, como les llaman, fue una falta de respeto.
“Esas costumbres que nosotros tenemos no nos las pueden cambiar, porque como dice el dicho ‘donde fueres, hicieres lo que vieres’ y llegan es a imponer y eso es algo que nos preocupa”, asegura.
Es por eso que Henry Bohórquez añade que allí las hipótesis son variadas, porque no todo es culpa del campesino que vende las tierras, sino también del pudiente que las compra, las edifica y les cambia el contexto a los tres pueblitos patrimonio que tiene Santander: Barichara, Girón y El Socorro, pero que por serlo solo reciben, según él, la distinción.
Foto: Jhon Acevedo.
Barichara es un pueblo que se baña y es rodeado por el río Suárez, allí comprar vivienda puede llegar a costar hasta 1.000 millones de pesos y arrendar una casa en el casco urbano, hasta un millón, cifras que para los nativos de la región son inalcanzables.
Por ahora Fulgerman, Henry y los demás amantes y seguidores de este bello municipio, esperan que el Gobierno inicie la regulación y el apoyo en estas tierras áridas de Santander.
Radio Nacional Bucaramanga.
 
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