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Colombia: Solidaridad selectiva

(Por Álvaro González Uribe)*

Caja de Herramientas, 9 de diciembre.- Hay algo para rescatar en los actos posteriores al accidente del avión boliviano: nos demostramos que sí tenemos solidaridad. Que sí nos estremecen las tragedias y los muertos. Que aún sentimos. Que tenemos madera humana.
 
Que el dolor, en especial el de la guerra, no nos ha secado el alma. Pero tenemos que seguir demostrándolo con todos los muertos, en especial con los nuestros que todos son iguales y que son tantos.
No quiero ser el aguafiestas de la justa gratitud mundial por nuestra masiva conducta solidaria ante la tragedia del avión que trasportaba al equipo de fútbol Chapecoense de Brasil. A todos nos nació del alma. Sin embargo, este hecho nos debe hacer reflexionar sobre la extraña psiquis de los colombianos.
Precisamente el domingo anterior se completaron en este año 76 niños wayúus muertos por desnutrición. El lunes se cumplieron seis años de la muerte de 82 personas por un alud en el barrio La Gabriela en Bello.
La conmoción regional y nacional de tan solo estos dos hechos nada que ver con la generada por el avión accidentado hace dos semanas. Nadie en los estadios...
Hace un mes se cumplieron 28 años de la masacre de Segovia: en una noche de terror fueron asesinadas 42 personas y decenas quedaron heridas. Nadie en los estadios…
Una de nuestras masacres más atroces fue la de El Salado: en medio de espantosas torturas fueron asesinadas 60 personas. Nadie en los estadios…
Centenas las masacres de los últimos años perpetradas por todos los bandos de nuestras guerras. Solo menciono algunas: en Bojayá fueron asesinadas 79 personas; en Mapiripán 49; en Bahía Portete 13 y 30 desaparecidas; en La Gabarra y en El Naya más de 100 en cada una.
Cerca de 60 en la Ciénaga Grande de Santa Marta; 30 por la bomba del Club El Nogal de Bogotá; 51 en la toma de Mitú… Nótese que no distingo victimarios, todas fueron masacres, muertos colombianos con algo en común: No llenaron estadios.
Dice la periodista María Jimena Duzán en su última columna en la revista Semana (Preguntas sin respuestas): “¿Por qué esta guerra les gusta tanto a los colombianos, si nos ha producido tantos muertos?
Según Memoria Histórica, cerca de 600.000 colombianos han caído y se cree que hay más de 60.000 desaparecidos (…). ¿Por qué este país nunca los ha llorado? ¿Por qué nos volvimos indolentes frente a la barbarie?”
También hemos sufrido decenas de tragedias por causas naturales y accidentales: Los 32 niños que murieron incinerados dentro de un bus en Fundación y los 21 que también en un bus murieron aplastados en Bogotá; la tragedia por un derrumbe en el barrio Villatina de Medellín con cerca de 500 muertos. Y muchas más. No se llenaron los estadios...
Por favor, no me interpreten mal: Reitero que no me opongo a las manifestaciones de nuestro profundo y sincero dolor por los muertos extranjeros del avión boliviano accidentado en La Unión, Antioquia. Yo volvería a llorar públicamente ese dolor.
Es además entendible porque el fútbol es un espectáculo de multitudes y pasiones que rodeó este lamentable hecho. Pero no solo de fútbol vive el hombre...
Sin embargo, pensémonos. Pensemos ¿por qué nuestros muertos en casos similares y peores no nos despiertan tanta solidaridad? Ya sean por accidentes, por la naturaleza o por la crueldad de los bandos de nuestras guerras.
Algo nos está fallando y no es falta de combustible. Y lo peor: Quizá esa ausencia de unión, de dolor y de manifestaciones públicas de pesar sean la causa de que en Colombia sigan sucediendo varios de estos hechos. No nos importan o muy poco, y de una manera menos contundente los lloramos.
Tantas tragedias nuestras, tantos muertos nuestros, tantas Yulianas nuestras violadas y asesinadas –miles– con semejante crueldad enfermiza, tanta guerra nuestra y tan larga casi nos insensibilizó hacia nosotros mismos.
Pero hay algo para rescatar en los actos posteriores al accidente del avión boliviano: nos demostramos que sí tenemos solidaridad. Que sí nos estremecen las tragedias y los muertos. Que aún sentimos.
Que tenemos madera humana. Que el dolor, en especial el de la guerra, no nos ha secado el alma. Pero tenemos que seguir demostrándolo con todos los muertos, en especial con los nuestros que todos son iguales y que son tantos.
Yuliana Samboní… Así sea a un precio alto, injusto y cruel, ¿será que con estos casos aberrantes Colombia se empieza a encontrar a sí misma?
Yaneth Molina… Mi respeto y admiración por todos los controladores aéreos de Colombia y del mundo. Luego de la reciente tragedia del avión me di cuenta de lo difícil y trascendental que es esta profesión, casi silenciosa para quienes somos pasajeros y para la gente en general.
Muchas gracias controladores aéreos, mujeres y hombres, por las veces que nos han conducido a buen puerto y que seguramente nos han salvado la vida sin nosotros siquiera saberlo.
* Álvaro González Uribe. Abogado, columnista y escritor•
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