(Por Max Murillo Mendoza)

Tribuna Boliviana, La Paz, 29 de mayo.- No hay polis griega sin esclavos, como no hay viajes espaciales sin tercer mundo. De la misma manera no hay democracias formales sin pobres. Debates cada vez más cruciales y urgentes en todos los escenarios mundiales, desde el norte opulento hasta el sur pobre o en procesos de consolidación institucionales.
 
 
En Europa la urgencia de zanjar desde lo teórico hasta las prácticas concretas, los sentidos de sus democracias son temáticas de varias aristas delicadas, sobre todo en estas turbulencias actuales, fruto de la profunda crisis social, existencial y económica del sistema de producción capitalista.
El Estado del bienestar Europeo, invento de ellos mismos, que durante décadas fue un ejemplo a seguir e imitar por todo el mundo, hoy se derrumba junto a sus democracias formales, porque ya no responden a las exigencias cada más complejas de las multirraciales sociedades.
Esos Estados del bienestar y sus democracias formales europeas, están en coma crítico, al parecer ya no tienen retorno.
Incluso las revoluciones más radicales y violentas, como la francesa, la cubana, la rusa y la china, se han contaminado y han sido penetrados por las clases señoriales, que en el tiempo largo se han acomodado a esas lógicas, para seguir perviviendo sus propios intereses, y claro para seguir reproduciendo sus intereses.
Hoy Francia es uno de los países más desequilibrados, injustos y con políticas externas imperiales, nada tienen como sus valores iniciales de la revolución.
Los cubanos están negociando con los propios norteamericanos su entrada en las lógicas mercantiles; los rusos hace tiempo que se han derrumbado y los chinos son los capitalistas más sanguinarios, a nombre por supuesto del comunismo.
La dura realidad es que ni esos Estados alternativos han podido sobrevivir a las lógicas señoriales, de las clases altas que se configuraron como poder ideológico hace mucho tiempo.
Es decir, los mandarines y expertos en manejos estatales son nomás los mismos que antes de las revoluciones, y ese fenómeno es el verdadero poder: lógicas institucionales, hoy llamadas democracias formales, que han pervivido en el tiempo y en el espacio.
Las democracias formales se distinguen en sus maneras simbólicas de engañar a sus pueblos, sólo son fachadas y juegos grotescos de masas y circo romano, para que las clases señoriales sigan al mando de las estructuras de poder.
En Europa y Estados Unidos son instituciones que van más allá del bien y del mal, nadie puede cambiarlos o modificarlos porque están endiosados precisamente por los grupos dominantes.
Pensar algo distinto simplemente es una ocurrencia tonta. Sin embargo, cada vez más todos los pueblos del mundo olfatean que estos modelos de organización social ya no responden a las necesidades y exigencias actuales.
Han caducado en sus formas y fondos estructurales, su obsolescencia es evidente pues todos los pueblos del mundo están en las calles pidiendo nuevos derroteros sociales, es decir organizaciones sociales más actuales como justas y transparentes.
En América Latina los aprendizajes son tan duros, como en épocas republicanas: se intentó hacer revoluciones sobre esquemas tradicionales y corruptos, los resultados son contundentemente tristes.
Vino nuevo en odres viejos sólo destruye sueños en un tiempo corto. Las sociedades cada vez más domesticadas y adormecidas por el mercado, por las ilusiones del triunfalismo fácil y barato, por la propaganda brutal de todos los días de que no piense sino consuma, destruyendo los tejidos sociales en el mediano plazo, pagan inevitablemente el precio del engaño.
Porque los odres viejos, coloniales y republicanos, contienen en sus entrañas poderosas costumbres y mentalidades que han traspasado siglos convirtiéndose al final en ideologías cuasi religiosas: que no deben ser cambiadas por nada, no importan las ideologías y las posturas revolucionarias.
En China los mandarines milenarios son hoy comunistas, así de simple. Pues los poderosos y profundos intereses señoriales han sobrevivido a los cambios de los siglos, acomodándose camaleónicamente en todos los procesos.
Las democracias formales hoy son sólo instituciones que justifican los rezos de los grupos dominantes, no resuelven nada ni prometen nada. Pero es sorprendente la quietud de las sociedades, que no responden con contundencia a esta maquinación, solidificación y cosificación de las democracias.
Por el norte de este mundo las cómodas sociedades están perplejas y el miedo cunde en sus mentalidades, ya que perder sus privilegios les hace débiles a todos los cataclismos como los fascismos, y sus cómodas costumbres les mantienen a raya de lo que sucede en sus propias narices.
Por el sur se extraña los movimientos guerrilleros de liberación, que de alguna manera hacían tambalear las estructuras mentales y sociales de estas sociedades conservadoras, coloniales y lentas en sus cambios.
Y más allá de estos esquemas conocidos como experimentados, se requieren como nunca antes nuevas formas de pensamiento, nuevas maneras de ver otras democracias, como nuevas teorías que superen a las clásicas, obsoletas y viejas cuestiones ideológicas.
Las democracias formales actuales, como sus Estados, son definitivamente arcaicas maneras de organizar las sociedades. Estados que nacieron para responder a nociones muy concretas, que ya se cumplieron totalmente hace 60 años (Estados del bienestar).
Hoy el mundo requiere otro tipo de organizaciones, como otro tipo de teorías de gestión organizativa. Temas como cambio climático, por ejemplo, nos exigen teorías globales más allá de los Estados arcaicos, etc.
En el caso de Bolivia lamentablemente los pensadores o diseñadores de nuestras instituciones, no encuentran el camino para por fin valorar a nuestras propias instituciones, antes de la llegada de occidente, que fueron baluartes económicos como sociales que duraron miles de años sosteniblemente.
Esas herencias ni siquiera se investigan, para moldear a unas realidades que responden a otras lógicas; a pesar de siglos de imposición a sangre y fuego de unas lógicas ajenas, extrañas y poco respetuosas de nuestras mentalidades y costumbres. Nuestras culturas sólo sirven para el folklor, no para la imposición de sus lógicas económicas, científicas, culturales y mitológicas.
Los grupos dominantes occidentales, nunca entendieron a las culturas ancestrales y siguen tratándonos como si estuviéramos en el siglo XVI, ni más ni menos. En todo caso, el fracaso de las democracias formales y sus Estados occidentales, occidentaloides por el sur, son un campanazo para pensar con sentido propio•