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USA: Bernie y la Nueva Izquierda(III)


(Por Harold Meyerson)

(Para la primera parte de este artículo, ver aqui, la segunda parte aqui)
SinPermiso, 2 de marzo.- Si hay alguien que entienda los tiempos que operan en el sistema politico norteamericano, que se erigió tanto para resistir la presión de la mayoría en favor del cambio como para llevar a la práctica las prioridades de la mayoría, tendría que ser un socialista norteamericano.
Michael Harrington, el brillante y carismático fundador de Democratic Socialists of America, comprendió que la tarea de destronar a los mercados para construir un orden social más humano era obra de toda una vida; en realidad, de varias vidas, y que nunca terminaría.
Harrington tituló su autobiografía The Long Distance Runner  [El corredor de fondo]. Sanders—que, según ahora sabemos, fue corredor de fondo en el instituto — ha asumido esto hasta el tuétano. Cuando habla de la necesidad de construir una revolución, quiere decir dos cosas.
Uno, una fuerza que convierta este año la ira y frustración actuales en un maremoto político. Y dos, una fuerza lo bastante entregada como para superar los varios ciclos electorales que harían falta para edificar  la clase de mayoría legislativa que Roosevelt y Johnson se aseguraron para poder impulsar una legislación transformadora.
Entre los liberales que se resisten al atractivo de Sanders, como entre los partidarios de Hillary que miran con buenos ojos al socialismo, yo no creo que sea esta una teoría del cambio con la que estén en desacuerdo.
Muchos de ellos respaldan a Hillary, más bien porque prefieren el zorro al erizo.
Su problema no reside tanto en las políticas de Sanders como en lo estrecho de sus concepciones, y su falta de familaridad con —o al menos su falta de conocimiento experimentado— el amplio abanico de cuestiones que debe afrontar un presidente, sobre todo cuando se trata de política exterior y militar.
De acuerdo con ese baremo, puede que Hillary esté mejor preparada para ser presidenta que cualquier candidato en sabe Dios cuánto tiempo: conoce los temas, y tiene sus grupos de expertos.
En el debate del jueves [4 de febrero], Sanders reconoció inmediatamente la mayor familiaridad de Clinton con los asuntos mundiales, pero arguyó, como hace siempre, que su oposición a la guerra de Irak y el apoyo a la misma prestado por ella demuestra lo superior de su juicio.
Podría, supongo, haber añadido que Abraham Lincoln no tenía ningún conocimiento en absoluto de asuntos militares cuando se convirtió en presidente, mientras que Jefferson Davis había desempeñados en la década de 1850 el puesto de Secretario de Guerra, pero Lincoln demostró ser con mucho mejor presidente bélico.
Sin embargo, la incapacidad de Sanders para ponerse al día en asuntos internacionales podría lastrar sus perspectivas electorales, por no decir su presidencia. Este fallo es inquietante:
Acaso Sanders aprendiera las lecciones de The Best and the Brightest—el relato de David Halberstam de cómo llevaron los expertos a Lyndon Johnson a recrudecer la guerra de Vietnam—perfectamente bien.
Es posible, no obstante, que el electorado demócrata de este año, sobre todo sus votantes jóvenes, se sienta más inclinado que el de años pasados hacia el erizamiento antiplutocrático que personifica Sanders.
La verdadera grieta generacional es, por tanto, menos ideológica o de amplia estrategia que inmediatamente táctica, reflejando valoraciones diferentes acerca de qué candidato puede ganar.
Los votantes mayores, que vivieron la Guerra Fría, han sido testigos de cómo los republicanos demonizaban con gran eficacia a los demócratas no socialistas como si fueran socialistas de veras. Imaginemos lo que le harían a un socialista de verdad.
La verdad es que solo hay un precedente de la campaña de Sander, una campaña en la que un socialista se presentara como candidato de los demócratas a un alto cargo, y es una historia aleccionadora.
En 1934, un famoso escritor y divulgador de escándalos, el socialista Upton Sinclair se presentó por los demócratas a gobernador de California con lo que era básicamente un programa socialista de construcción de obras públicas para volver a poner a trabajar a la gente.
Motivó a miles de voluntarios progresistas y, ante el asombro general, ganó las primarias demócratas y acabó cayendo en la campaña de otoño con una clara ventaja sobre el impopular gobernador republicano en el cargo, Frank Merriam.
Los demócratas conservadores se negaron a apoyar a Sinclair, y Roosevelt hizo un trabajo maestro de ambigüedad, reuniéndose tan contento con Sinclair, pero sin llegar nunca en realidad a respaldarle.
Sin embargo, la ventaja de Sinclair se mantuvo hasta que los republicanos organizaron un imponente contraataque a un mes de las elecciones. Los periódicos se negaron a cubrir los actos y declaraciones de Sinclair y se sumaron a una campaña para demonizarle.
Los estudios MGM [Metro Goldwyn Mayer] asignaron un director, un equipo de producción y un reparto de extras para filmar películas que retrataban personajes de apariencia peligrosa (los extras) que declaraban a un entrevistador (un actor contratado por el estudio) que se irían a California en cuanto Sinclair jurase su cargo, y luego proyectaron estas películas, etiquetadas como noticiarios, en todos los cines del estado.
Sinclair, que nunca se había visto sometido a este tipo de ataque y carecía de los recursos para responder, cayó derrotado, aun cuando los demócratas estaban logrando victorias arrasadoras en otros estados.  
Sanders aparece políticamente cada vez más diestro, tanto como incapaz era Sinclair, pero el pensamiento de que el pueblo norteamericano quiera elegir como presidente a un socialista parece todavía algo excesivo. Cualquiera que tenga un pasado radical tiene cosas que pueden salir a la luz.
A los últimos dos presidentes demócratas, ninguno de los cuales era ni de lejos un radical, se les acusó de vínculos radicales: a Bill Clinton, de hacer algo perverso (sus acusadores no supieron decir exactamente qué) mientras visitaba de joven la Unión Soviética.
A Barack Obama, de hacerse amigo de gente (en realidad, de asistir a varios actos con ellos) que había formado parte mucho tiempo atrás del Weather Underground [grupo armado de izquierda de los años 60].
¿Qué podrían sacar los republicanos de Sanders, que anduvo realmente con radicales, y que era él mismo uno de ellos? Hillary Clinton no puede caer en esos ataques por miedo a enajenarse a los votantes de Sanders; los republicanos se dedicarán a atacarle constantemente.
Por supuesto, para los “millennials” [los nacidos en los años 80 y 90, la llamada Generación Y], el socialismo no tiene las connotaciones de la Unión Soviética, la China de Mao o la Camboya de Pol Pot.
Tiene la connotación de nuestros aliados europeos, cuyos partidos socialistas y socialdemócratas han conseguido para sus ciudadanos atención sanitaria y universidades gratuitas, vacaciones pagadas y atención a la infancia proporcionada por el Estado.
Eso ayuda a explicar la atracción de los “millennials” por el socialismo, así como su incapacidad para entender de qué modo se cebarán los republicanos en el socialismo de Sanders para ahuyentar a votantes mayores.  
De acuerdo con cualquier medida de estimación convencional, ha de ser Clinton la candidata más fuerte en las elecciones. Lo que puede socavar la estimación convencional este año es la brecha del entusiasmo:
Con cualquier candidato que se designe con perspectivas de ganar, los republicanos que odian a Obama gozarán de entusiasmo en abundancia, mientras que entusiasmo es la única cosa que Clinton parece incapaz de generar.
Que los republicanos sobrepasaran en número a los demócratas en los “caucus” de Iowa no es más que una indicación de lo revolucionados que están. Sanders genera un inmenso entusiasmo entre sus seguidores, que van creciendo en número, pero que se quedan atrás cuando se les compara con las legiones de votantes que Obama atrajo a las urnas.
Sigo creyendo que los fundamentos de la historia norteamericana sugieren que el país no está listo para elegir a un presidente socialista (y mucho menos a uno que tendría 75 años en el momento de asumir su mandato), pero todavía es pronto, los republicanos tienen sus propios problemas y se trata de un año de lo más inusual.   
Los partidarios tanto de Sanders como de Clinton tienen que entender las motivaciones del otro y lo que cada uno aporta al partido. Los liberales de Clinton están con razón aterrorizados de que una victoria de los republicanos, dada la conversión del Partido Republicano en una secta de extrema derecha, exacerbaría y daría cerrojazo a todo lo que está mal en el país:
Los odios y la discriminación raciales y de género, el desmantelamiento del Estado del Bienestar, la eliminación de votantes, la destrucción de los sindicatos y el control absoluto que tienen los superricos sobre el gobierno.
Ven en Clinton la única candidata que puede ganar y llevar a cabo los nombramientos del Tribunal Supremo que pondrían remedio a los perjuicios causados por 35 años de dictámenes en buena medida antidemocráticos.
Por su parte, los revolucionarios de Sanders han espoleado a un partido que ya se está moviendo hacia la izquierda para llevar a cabo un ataque frontal contra la plutocracia que amenaza con engullirnos.
Un ataque que apoyan muchos de quienes respaldan a Clinton y sitúa a los demócratas en mejor posición para satisfacer las necesidades de votantes jóvenes y de las minorías, y acaso también hasta de los votantes indecisos. 
Se está formando una grieta entre generaciones de demócratas, pero la brecha estratégica e ideológica que les divide no es tan grande como hoy puede parecer. A diferencia de anteriores divisiones, esta es una grieta que debe y puede salvarse.
* Harold Meyerson. columnista del diario The Washington Post y editor general de la revista The American Prospect, está considerado por la revista The Atlantic Monthly como uno de los cincuenta columnistas más influyentes de Norteamérica.
Meyerson es además vicepresidente del Comité Político Nacional de Democratic Socialists of America y, según propia confesión, "uno de los dos socialistas que te puedes encontrar caminando por la capital de la nación" (el otro es Bernie Sanders, combativo y legendario senador por el estado de Vermont).
«»Fuente: The American Prospect, 8 de febrero de 2016.
«»Traducción: Lucas Antón
http://www.sinpermiso.info/textos/bernie-y-la-nueva-izquierda-y-iii
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